El Mundial ya no solo se juega en la cancha: también se disputa en el odio digital

Imagen: BBC Mundo
El Mundial ya no solo se juega en la cancha: se disputa en las redes, donde el odio suele amplificarse más que la pasión deportiva. Así lo advierte el sociólogo Pablo Alabarces, que cuestiona la idea de que los futbolistas encarnan a una nación.
El Mundial que acaba de terminar dejó una certeza incómoda: hoy el torneo más visto del planeta también se libra en el terreno más tóxico de la conversación pública. Para Pablo Alabarces, profesor de cultura popular citado por BBC Mundo, esta fue ante todo la Copa de las redes, un espacio donde el ruido, la burla y la hostilidad terminan pesando más que el entusiasmo colectivo. Su diagnóstico apunta a un fenómeno que ya no es anecdótico: el fútbol dejó de ser solo un espectáculo deportivo para convertirse en una fábrica de identidades, agravios y disputas simbólicas que se expanden a la velocidad de un clic.
En entrevista con BBC Mundo, Alabarces sostiene que las plataformas digitales no solo amplificaron el alcance del Mundial, sino también su lado más oscuro. Según su lectura, las redes organizan mejor el odio que el amor: premian el enfrentamiento, multiplican los ataques y convierten cualquier gesto, derrota o celebración en munición para la polarización. Esa dinámica ayuda a entender por qué cada partido importante termina desbordando el campo de juego y arrastrando discusiones sobre nacionalismo, pertenencia y rivalidad. En otras palabras, el Mundial ya no funciona únicamente como un evento deportivo global, sino como un escenario donde millones de personas proyectan frustraciones políticas y sociales que nada tienen que ver con once jugadores corriendo detrás de una pelota.
El planteamiento de Alabarces toca una fibra sensible porque desmonta una de las ficciones más repetidas alrededor de los torneos internacionales: la idea de que los futbolistas representan de forma natural a una patria. Esa equivalencia, que parece inocente en la superficie, carga al deporte de una misión casi imposible y pone sobre los jugadores el peso de simbolizar a países enteros, con sus conflictos, desigualdades y tensiones históricas. En América Latina, donde el fútbol suele mezclarse con el orgullo nacional y con heridas políticas abiertas, esa lectura resulta particularmente potente. También explica por qué los debates en redes se vuelven tan feroces: ya no se discute solo quién juega mejor, sino quién merece pertenecer, quién puede hablar por una nación y quién queda fuera del relato.
Lo que deja esta reflexión, en el fondo, es una advertencia sobre el presente digital. El Mundial sigue siendo una fiesta para millones de personas, pero cada vez más una fiesta administrada por algoritmos que favorecen el escándalo por encima de la celebración. Y eso importa porque el fenómeno no termina cuando acaba el torneo: la misma lógica que convierte un partido en una guerra simbólica también alimenta la conversación pública diaria en Estados Unidos, Colombia y el resto de la región. Entenderlo ayuda a ver con más claridad que el problema no es el fútbol en sí, sino el ecosistema que hoy lo rodea y lo usa para intensificar divisiones que ya estaban allí.



