La UE vira hacia el proteccionismo y protege a sus empresas frente a rivales extranjeros

Imagen: El País
La Unión Europea está endureciendo sus reglas para dar más ventajas a las empresas europeas en sectores estratégicos, en sintonía con la ola proteccionista que ya lideran Estados Unidos, China e India. La medida refleja un giro global: menos apertura comercial y más intervención estatal en nombre de la seguridad económica.
La Unión Europea ha dado un paso más en la dirección que hoy domina la economía mundial: menos libre comercio y más protección para su industria. Bruselas está impulsando un paquete de normas que, sin declararlo abiertamente como una barrera comercial, termina favoreciendo a las empresas europeas frente a competidores de terceros países en áreas consideradas estratégicas. El movimiento no es aislado ni improvisado. Responde a una tendencia más amplia, acelerada por las tensiones geopolíticas, que ya había sido adoptada con fuerza por potencias como Estados Unidos, China e India.
El cambio se explica por una mezcla de factores que hoy pesan más que los viejos dogmas de apertura total. La guerra en Ucrania, la rivalidad tecnológica con China, la dependencia energética que quedó al descubierto tras la crisis de gas en Europa y la fragilidad de algunas cadenas de suministro han empujado a los gobiernos a revisar qué significa realmente “seguridad económica”. En ese marco, la UE está empezando a usar herramientas regulatorias y de contratación pública para blindar sectores clave, desde la energía hasta la tecnología y la industria pesada, con criterios que priorizan producción local o socios considerados confiables. Para las empresas europeas, esto puede traducirse en más oportunidades; para las extranjeras, en un acceso más difícil y en reglas del juego menos parejas.
Lo relevante no es solo el detalle normativo, sino el giro político que revela. Durante años, la Unión Europea se presentó como el gran defensor del comercio abierto y multilateral. Hoy, como ya hacen Washington con sus subsidios industriales, Pekín con su control sobre sectores estratégicos y Nueva Delhi con sus barreras selectivas, Bruselas acepta que la lógica del mercado por sí sola no garantiza ni autonomía ni estabilidad. El costo de esa decisión también merece atención: una economía más protegida puede ganar margen de maniobra frente a shocks externos, pero corre el riesgo de encarecer productos, alimentar represalias y profundizar la fragmentación del comercio global. Para los consumidores europeos, la promesa es mayor resiliencia; para el resto del mundo, el mensaje es claro: la era de la apertura sin condiciones está quedando atrás.
Este viraje europeo importa porque confirma que el proteccionismo ya no es una excepción ideológica, sino una política de Estado cada vez más normalizada. Y eso cambia las reglas para todos: multinacionales, exportadores latinoamericanos y empresas colombianas que dependen del acceso a mercados europeos tendrán que competir en un escenario más duro, donde ya no basta con ofrecer precio y calidad, sino también alinearse con prioridades políticas, ambientales y geoestratégicas. En otras palabras, Europa está reescribiendo su relación con el mundo, y lo hace no por nostalgia industrial, sino por miedo a depender demasiado de él.




