La ultraderecha alemana ya no golpea la puerta: está a punto de entrar al poder
La ultraderecha alemana dejó de ser una amenaza periférica: en Sajonia-Anhalt, AfD estuvo a un paso de la mayoría absoluta. Ocho décadas después del trauma nazi, el cordón sanitario ya no basta para frenarla.
La alarma política en Alemania ya no gira solo en torno al avance de la ultraderecha, sino a su capacidad real de gobernar. En Sajonia-Anhalt, el partido Alternativa para Alemania, conocido como AfD, ha quedado peligrosamente cerca de la mayoría absoluta, un resultado que rompe con la idea de que el recuerdo del nazismo y el aislamiento institucional bastaban para contenerlo. Lo que hace unos años parecía impensable hoy es una posibilidad concreta: que una fuerza situada a la derecha de la derecha tradicional no solo condicione agendas, sino que aspire a dominar gobiernos regionales con legitimidad electoral suficiente.
El dato es especialmente grave porque Alemania ha construido durante décadas una cultura política basada en la memoria histórica, la desconfianza hacia el extremismo y los pactos tácitos entre partidos democráticos para aislar a la ultraderecha. Sin embargo, ese cordón sanitario está mostrando grietas. AfD ha sabido capitalizar el malestar acumulado en territorios donde pesan el estancamiento económico, la sensación de abandono por parte del Estado y la percepción de que las élites de Berlín hablan un idioma lejano a la vida cotidiana de la gente. Ese cóctel, repetido en varios países europeos, se ha vuelto particularmente potente en el este alemán, donde la reunificación dejó heridas sociales y políticas que nunca terminaron de cerrarse.
Lo que ocurre en Sajonia-Anhalt importa más allá de Alemania porque confirma una tendencia de fondo: la ultraderecha ya no necesita presentarse como una fuerza antisistema marginal para crecer, sino como una opción de poder que normaliza su discurso desde las urnas. Y eso tiene consecuencias directas sobre la conversación pública, la política migratoria, la agenda de seguridad y el tipo de sociedad que se empieza a construir desde los gobiernos regionales. Si AfD sigue ampliando su base y consolidando su presencia institucional, el desafío no será únicamente electoral, sino democrático: cómo responde un sistema político diseñado para protegerse del autoritarismo cuando parte de la ciudadanía empieza a dejar de verlo como una advertencia del pasado y lo considera una alternativa para el presente.




