El sismo dejó a varios hospitales en pie, pero a punta de esfuerzo humano
Imagen: El Tiempo (Colombia)
Una semana después del sismo, varios hospitales de Cali, Pereira, Manizales, Armenia y Quibdó siguen operando entre escombros, evacuaciones y sobrecarga del personal médico. La emergencia dejó al descubierto la fragilidad de la red hospitalaria en Colombia.
Una semana después del terremoto, la imagen en varios hospitales de Cali, Pereira, Manizales, Armenia y Quibdó sigue siendo la de una atención médica sostenida a pulso, entre estructuras averiadas, evacuaciones parciales y jornadas que se han vuelto interminables para médicos, enfermeras y personal de apoyo. Más allá del daño físico en las instalaciones, el sismo golpeó de frente la capacidad de respuesta de una red hospitalaria que ya venía operando con limitaciones y que ahora enfrenta el reto de seguir atendiendo pacientes en condiciones precarias.
De acuerdo con lo que reporta El Tiempo (Colombia), en estos centros asistenciales persisten áreas acordonadas, escombros por retirar y servicios reacomodados de emergencia para no suspender la atención. El personal sanitario ha tenido que improvisar rutas internas, trasladar equipos, priorizar pacientes y asumir turnos extendidos mientras se revisa la estabilidad de las edificaciones. La escena se repite en distintas ciudades del país: pasillos restringidos, salas parcialmente cerradas y trabajadores que, además de atender urgencias, cargan con la presión de sostener la operación básica del sistema.
Lo ocurrido no es solo una postal de desastre natural; también es una advertencia sobre el estado estructural de la salud pública y hospitalaria en Colombia. Un terremoto no crea de la nada las debilidades del sistema, pero sí las expone con brutal claridad. Cuando un hospital debe seguir funcionando con infraestructura afectada, la discusión deja de ser únicamente técnica y pasa a tocar un asunto de seguridad ciudadana: qué tan preparado está el país para garantizar atención oportuna cuando el edificio que debería salvar vidas también se vuelve un riesgo. En ciudades grandes y capitales intermedias, donde miles de personas dependen de la red pública y de clínicas que trabajan al límite, una interrupción prolongada puede traducirse en cirugías aplazadas, remisiones más largas y pacientes cronificados sin seguimiento adecuado.
La emergencia también deja ver algo que suele pasar desapercibido hasta que ocurre una tragedia: el verdadero soporte del sistema no son solo las paredes o las máquinas, sino las personas que siguen dentro cuando todo tiembla. Son ellos quienes absorben la crisis, contienen el caos y mantienen abierta la puerta de urgencias mientras avanzan las evaluaciones de daño. El problema es que esa capacidad de resistencia humana no puede convertirse en la única estrategia de respuesta. Si no se acelera la rehabilitación de la infraestructura y la planificación de contingencias, el país seguirá dependiendo del sacrificio del personal médico para compensar fallas que son, en esencia, responsabilidad del Estado y de la administración hospitalaria.




