Ceuta enfría sus protestas por el temor a quedar asociadas con la extrema derecha

Imagen: El País
Las protestas ciudadanas en Ceuta han perdido fuerza por el temor de algunos vecinos a que las movilizaciones sean asociadas con grupos ultras. La Policía, mientras tanto, no ha detectado una presencia significativa de estos radicales, aunque mantiene abierta la investigación.
Las protestas ciudadanas que en los últimos días habían comenzado a tomar aire en Ceuta se han enfriado por una razón tan política como social: el miedo a que sus concentraciones terminen contaminadas por la etiqueta de la extrema derecha. Ese temor, más que la ausencia de malestar, está condicionando ahora la calle ceutí, donde la desconfianza hacia cualquier gesto susceptible de ser leído como apoyo a los ultras pesa tanto como la propia indignación vecinal.
Según informó El País, la Policía no ha detectado por ahora una presencia “significativa” de estos grupos radicales en las movilizaciones, aunque la investigación sigue abierta. Ese dato es clave porque desmonta, al menos de momento, la idea de una infiltración organizada y masiva, pero no resuelve el problema de fondo: en un contexto de alta polarización, basta la sospecha para frenar la participación de parte de la ciudadanía. En Ceuta, eso se traduce en una protesta más contenida, más vigilada y, sobre todo, más vulnerable a la deslegitimación pública.
Lo que ocurre en esta ciudad no es un episodio aislado. Forma parte de una tendencia más amplia en España y en otras democracias europeas: cuando la calle se convierte en un campo de batalla simbólico, muchos ciudadanos prefieren no exponerse a ser confundidos con sectores radicales. Ese efecto intimidatorio debilita la capacidad de presión social y favorece que el debate se desplace del fondo de las demandas al origen ideológico de quienes marchan. En una ciudad fronteriza como Ceuta, donde cualquier tensión adquiere una lectura nacional e incluso internacional, el coste político de una imagen mal encuadrada puede ser enorme.
La consecuencia inmediata es que el malestar no desaparece, sino que se repliega. Y eso suele ser peor para la vida pública: las protestas pierden músculo, pero los problemas que las provocan siguen ahí. Si la sospecha de vínculos con ultras continúa marcando el clima, el resultado puede ser una calle cada vez más silenciosa, pero no necesariamente más tranquila. Para los vecinos, el dilema ya no es solo qué reclaman, sino quién puede terminar apropiándose del grito colectivo.




