Lake Mead y Lake Powell tocan fondo y agravan la crisis del agua en el oeste de EE.UU.
Imagen: infobae
Los dos mayores embalses de Estados Unidos, Lake Mead y Lake Powell, llegaron a un mínimo histórico y reavivan la alarma sobre el agua en el oeste del país. La esperanza ahora está puesta en El Niño, aunque su capacidad para aliviar la crisis sigue en duda.
La reserva conjunta de Lake Mead y Lake Powell cayó a niveles que no se veían desde la década de 1950, un descenso que vuelve a encender las alarmas sobre la seguridad hídrica en el oeste de Estados Unidos. El golpe no es simbólico: de estos embalses depende parte del abastecimiento de millones de personas en ciudades y comunidades de una región donde el crecimiento poblacional, el consumo agrícola y la sequía prolongada llevan años tensando el sistema.
Según informó infobae, la caída en ambos reservorios refleja una combinación de factores que se han ido acumulando durante décadas: menos nieve en las montañas, temperaturas más altas que aceleran la evaporación y una demanda que no ha dejado de crecer en estados como California, Nevada, Arizona y Utah. Lake Mead y Lake Powell son piezas centrales del reparto de agua del río Colorado, y cuando su nivel baja no solo se complica el suministro urbano, sino también la producción agrícola y la generación de energía hidroeléctrica, dos actividades que sostienen economías locales enteras.
El regreso de El Niño ha abierto una ventana de expectativa, pero no de alivio garantizado. Este fenómeno climático suele modificar los patrones de lluvia y nieve en distintas zonas de Estados Unidos, aunque sus efectos no son uniformes ni suficientes por sí solos para revertir una crisis construida durante años. En el mejor escenario, podría aportar precipitaciones y nevadas que mejoren temporalmente los niveles de los embalses; en el peor, dejaría intacto el desequilibrio entre oferta y demanda de agua que ya obligó a autoridades estatales y federales a discutir recortes, redistribución y nuevas restricciones. La pregunta de fondo no es solo si lloverá más, sino si el sistema está preparado para un oeste más seco por más tiempo.
Para los habitantes de la región, el problema no se mide únicamente en mapas hidrológicos o porcentajes de capacidad. Se traduce en cuentas de agua más altas, límites al riego, presión sobre la agricultura y una mayor competencia entre ciudades, granjas y ecosistemas. Lo que ocurre en Lake Mead y Lake Powell es, en realidad, una advertencia sobre el modelo de uso del agua en Estados Unidos: un país que sigue creciendo en zonas áridas mientras sus principales reservorios se acercan a un umbral que hace apenas unas décadas parecía impensable.



