Política

Polarización, influencers y desinformación: así cambió la campaña presidencial en Colombia

Hace 15 horas

La campaña por la Casa de Nariño dejó de librarse solo en plazas y debates: hoy también se define en la lógica de la polarización, los influenciadores y la desinformación. Esa mezcla cambió la forma de competir por el poder y debilitó la deliberación pública.

La última contienda por la Presidencia de Colombia confirmó algo que ya venía madurando desde hace años: la campaña dejó de girar alrededor de las ideas y pasó a depender, en buena medida, de la movilización emocional. La polarización convirtió cada mensaje en una toma de partido; la ausencia de debates robustos privó al electorado de contrastar propuestas con rigor; y la conversación digital, amplificada por influenciadores y por olas de información falsa, terminó por ocupar el centro de la disputa por la Casa de Nariño. En otras palabras, la política electoral se volvió más parecida a una batalla por atención que a un ejercicio de deliberación democrática.

Ese cambio no es menor. Cuando los candidatos compiten más por generar adhesiones instantáneas que por explicar sus programas, el debate público se empobrece y la ciudadanía recibe menos herramientas para decidir. Según el contexto que ha rodeado esta campaña y el seguimiento que han hecho medios como El Tiempo - Política, la estrategia ya no consiste solo en convencer a los indecisos, sino en fidelizar a los propios, activar indignaciones y dominar el ritmo de las plataformas. Los influenciadores, antes periféricos en la arena electoral, se convirtieron en intermediarios de opinión capaces de amplificar mensajes políticos, suavizar candidaturas o atacar rivales con una capacidad de alcance que, en algunos casos, supera la de los medios tradicionales en segmentos jóvenes y urbanos. Al mismo tiempo, la circulación de ‘fake news’ introdujo ruido, sembró dudas y obligó a las campañas a gastar energía en desmentir antes que en proponer.

Detrás de este fenómeno hay una transformación más profunda: la política colombiana entró de lleno en la era del algoritmo. La polarización no solo divide, también recompensa contenidos extremos, simplifica matices y castiga la conversación compleja. La falta de debates presenciales o televisados con suficiente fuerza dejó un vacío que fue llenado por clips cortos, tendencias y piezas emocionales diseñadas para viralizarse. Y ahí aparece el problema de fondo: cuando el proceso electoral se decide más por la velocidad con que circula un video que por la calidad de un argumento, la democracia se vuelve más vulnerable a la manipulación. Esto importa porque afecta a quien vota con información incompleta, pero también al funcionamiento mismo del sistema político, que termina premiando la viralidad por encima de la rendición de cuentas.

El resultado es una campaña menos transparente y más fragmentada, donde la verdad compite en desventaja frente a la emoción y el escándalo. Si Colombia no logra fortalecer los debates, regular mejor la propaganda digital y elevar la alfabetización mediática, cada elección correrá el riesgo de convertirse en un plebiscito de percepciones, no de proyectos de país. Y eso no solo altera la forma de elegir presidente: cambia la calidad de la democracia que se está construyendo para los próximos años.

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