Ceuta: la ayuda llega a los migrantes, pero el miedo a ser expulsados persiste

Imagen: El País
La mayoría de los jóvenes migrantes llegados a Ceuta ya comen y duermen en los espacios de acogida habilitados por las autoridades, pero persiste una fuerte desconfianza. Muchos temen que esos centros funcionen como una trampa para identificarlos y acelerar su expulsión de España.
La red de espacios de acogida abierta en Ceuta para atender a los jóvenes migrantes ha logrado aliviar parte de la presión inmediata sobre la ciudad, pero no ha disipado la principal barrera: la desconfianza. Aunque la mayoría ya utiliza esos recursos para comer y pasar la noche, todavía hay muchos que prefieren mantenerse al margen porque sospechan que entrar allí puede facilitar su identificación y terminar en una deportación. Esa mezcla de necesidad y temor explica hoy buena parte de la tensión que rodea la gestión migratoria en el enclave español.
Según informó El País, los dispositivos de acogida están recibiendo a la mayor parte de estos adolescentes y jóvenes, que encuentran allí comida, techo y algo de respiro tras días de incertidumbre en la frontera. Sin embargo, el flujo no es completo. Una parte importante sigue rechazando acudir por miedo a que la ayuda tenga un costo oculto: ser registrados, localizados y eventualmente expulsados de España. Esa percepción, alimentada por experiencias previas y por la falta de información clara entre quienes llegan, convierte cada paso institucional en una prueba de confianza que las autoridades aún no logran ganar del todo.
El caso de Ceuta vuelve a poner sobre la mesa el dilema clásico de las fronteras europeas: cómo atender una emergencia humanitaria sin convertir la asistencia en un mecanismo de control migratorio. España, que administra uno de los puntos más sensibles de entrada a la Unión Europea, necesita ordenar la situación en la ciudad autónoma y ofrecer una respuesta que combine protección, procedimientos legales y trazabilidad. Pero si los jóvenes creen que el sistema de acogida es en realidad una antesala de la expulsión, muchos seguirán huyendo de él. Y eso no solo dificulta su atención básica, también deja a menores y recién llegados expuestos a la calle, al abuso y a las redes de explotación.
Lo que ocurre en Ceuta no es un episodio aislado, sino una radiografía de un problema más amplio en Europa y en las rutas hacia Estados Unidos: cuando la política migratoria se percibe como castigo antes que como protección, la gente opta por desaparecer del radar institucional. Ese es el verdadero desafío para las autoridades: no solo abrir camas o repartir comida, sino construir credibilidad en medio de una crisis donde cada rumor puede empujar a un joven vulnerable a evitar precisamente el lugar donde podría estar más seguro.



