La nueva élite de Bukele: riqueza acelerada y controles cada vez más débiles en El Salvador

Imagen: El País
La bonanza alrededor de Nayib Bukele y su círculo más cercano se ha acelerado al mismo ritmo que se debilitan los controles sobre el dinero en El Salvador. Mientras la familia presidencial amplía su patrimonio, emergen señales de préstamos sospechosos y un nuevo grupo de grandes fortunas.
En El Salvador se está formando una élite económica bajo la sombra del poder político, y el epicentro de esa transformación es el entorno más cercano al presidente Nayib Bukele. Mientras la familia presidencial ha incrementado su patrimonio y amplía su presencia inmobiliaria, distintos mecanismos de control fiscal y financiero muestran señales de relajación o, en el mejor de los casos, de una preocupante tolerancia institucional. El resultado es un país donde la frontera entre éxito económico, privilegio político y acceso al Estado se vuelve cada vez más borrosa.
De acuerdo con la información publicada por El País, el fenómeno no se limita a la acumulación de propiedades por parte de la familia presidencial. También apunta a la consolidación de un nuevo círculo de millonarios que se ha beneficiado del clima político actual, en un contexto de supervisión débil sobre el origen de fondos, préstamos cuya lógica despierta dudas y una administración pública menos exigente con las señales de alerta que antes debían encenderse. Ese cóctel, en un país históricamente golpeado por la desigualdad y la concentración de riqueza, no es menor: altera las reglas de ascenso económico y convierte la cercanía al poder en una ventaja decisiva.
Lo que está en juego va más allá del patrimonio de una familia o de un grupo de empresarios afines. El Salvador, como buena parte de América Latina, ya carga con una historia de élites cerradas y economías capturadas por redes de influencia. La diferencia ahora es que ese proceso ocurre bajo una narrativa oficial de modernización, eficiencia y ruptura con las viejas prácticas. Pero si los controles fiscales se aflojan y los préstamos pasan sin el escrutinio suficiente, el país puede estar viendo nacer una nueva oligarquía, más ágil, más mediática y probablemente más difícil de fiscalizar. Para la gente común, eso suele traducirse en menos transparencia, menos competencia real y un Estado que responde primero a los favorecidos antes que al conjunto de la sociedad.
El caso salvadoreño importa porque ofrece una señal de alerta para la región: cuando el poder político concentra atribuciones, erosiona contrapesos y debilita la vigilancia sobre el dinero, la riqueza tiende a moverse hacia donde está la influencia. No siempre hace falta un escándalo abierto para detectar el problema; a veces basta seguir la pista de las propiedades, los créditos y las exenciones invisibles. En ese tablero, El Salvador podría estar entrando en una etapa en la que el apellido presidencial no solo define el rumbo del país, sino también quiénes pueden hacerse ricos y a qué velocidad.




