Los códigos de barras no revelan si un producto es marroquí

Imagen: EFE Verifica
Los prefijos 611, 612 o 613 en un código de barras no permiten identificar que un producto sea marroquí. La desinformación aprovecha una lectura errónea de estos códigos, que no certifican el origen real de fabricación.
Una nueva afirmación viral sobre los códigos de barras vuelve a poner en evidencia cómo una secuencia de números puede convertirse en combustible para la desinformación: no es cierto que los prefijos 611, 612 o 613 indiquen que un producto fue fabricado en Marruecos. Según verificó EFE Verifica, esa interpretación es falsa y carece de sustento técnico, aunque circula con apariencia de dato “preciso” y resulta especialmente creíble para quien desconoce cómo funcionan estos identificadores comerciales.
La confusión nace de una lectura simplificada de los códigos de barras, que suelen asociarse con un país de origen cuando en realidad su función principal es comercial y logística. Los prefijos no garantizan ni certifican dónde se produjo un bien; en muchos casos se relacionan con el organismo que asignó el código o con la empresa que lo registró, no con el lugar exacto de fabricación. Por eso, atribuir a esos tres números un origen marroquí es un salto incorrecto que puede llevar a conclusiones erradas sobre alimentos, cosméticos, textiles o cualquier otro producto que llegue a los anaqueles.
El caso importa más allá de la anécdota porque toca un terreno sensible: la confianza del consumidor. En tiempos en que el comercio internacional es cada vez más complejo, la gente busca señales rápidas para decidir qué compra y qué evita, pero esas señales no siempre significan lo que parecen. En Estados Unidos y en América Latina, donde circulan con fuerza mensajes que mezclan consumo, identidad nacional y política exterior, este tipo de falsedades puede alimentar prejuicios, boicots improvisados o alarmas infundadas. La lección es simple pero necesaria: el código de barras no es un certificado de origen, y tratarlo como tal solo amplifica la desinformación.
Conviene recordar que los verificadores insisten en un punto clave: la apariencia de exactitud no equivale a verdad. Un número impreso en la etiqueta puede parecer una pista definitiva, pero no sustituye la trazabilidad real del producto ni la información oficial del fabricante. En un entorno saturado de mensajes virales, distinguir entre un dato técnico y una interpretación manipulada ya no es solo una cuestión de curiosidad; es una defensa básica del consumidor frente a narrativas engañosas que viajan más rápido que la evidencia.




