Moscú siente la guerra en casa, pero el respaldo a Putin sigue intacto

Imagen: El País
La guerra llegó otra vez a la puerta de Moscú con uno de los mayores ataques ucranios en meses, y el golpe no es solo militar: también toca la economía y el ánimo de una población que vive entre la rutina y el sobresalto. Pese al cansancio, una mayoría sigue respaldando la ofensiva de Vladímir Putin.
Moscú sintió esta semana algo que el Kremlin ha intentado vender como lejano y controlado: la guerra ya no está confinada al frente, sino que se acerca a los centros neurálgicos de la capital. Según informó El País, Ucrania lanzó uno de sus mayores bombardeos con drones sobre la región moscovita y, en apenas siete días, golpeó por segunda vez la principal refinería de la ciudad. El mensaje es claro: la infraestructura energética rusa también puede ser vulnerada en la retaguardia, y esa vulnerabilidad tiene consecuencias políticas, económicas y psicológicas.
El impacto inmediato va más allá del humo y las explosiones. Una refinería no es solo una instalación industrial; es una pieza central para el suministro de combustibles, el transporte y la logística de un país que vive bajo sanciones, tensiones en su aparato productivo y un esfuerzo bélico prolongado. Cada ataque de este tipo obliga a Rusia a gastar más en defensa aérea, protección de activos estratégicos y reparaciones, mientras la población urbana observa cómo la guerra entra en su paisaje cotidiano. De acuerdo con la cobertura de El País, entre los residentes de Moscú conviven el agotamiento, la preocupación y una sensación creciente de que los proyectiles pueden caer cada vez más cerca.
Pero el dato políticamente más relevante es otro: ese malestar no se ha traducido, por ahora, en un rechazo masivo a la ofensiva de Vladimir Putin. La sociedad rusa, o al menos la porción que las encuestas y el clima público dejan ver, sigue sosteniendo en su mayoría la narrativa oficial de la guerra. Ahí está la paradoja que define este momento: la capital sufre más presión, el costo material sube y la angustia se normaliza, pero el respaldo al poder no se rompe. Eso ayuda a explicar por qué el Kremlin mantiene el pulso bélico pese al desgaste y por qué Ucrania insiste en ampliar el alcance de sus ataques: busca no solo dañar instalaciones, sino erosionar la sensación de control que sostiene al régimen.
La escena de Moscú resume el estado actual del conflicto: una guerra de desgaste que ya no se mide únicamente por kilómetros de territorio ocupado, sino por la capacidad de cada bando para imponer costos en la vida diaria del otro. Para los rusos de a pie, el problema no es solo si el frente avanza o retrocede, sino cuánto más puede estirarse una economía presionada y cuánto tiempo puede convivir la población con la idea de que la capital también es una zona de riesgo. Esa es, quizá, la señal más inquietante: la guerra está dejando de ser una noticia del frente para convertirse en una condición permanente del centro del país.


