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Madrid empieza a salir del incendio, pero los vecinos reclaman fallas evitables

Hace 1 hora

El incendio que arrasó la sierra suroeste de Madrid empieza a ceder, pero deja vecinos indignados, casas dañadas y 70.000 hectáreas calcinadas. Mientras Sánchez rebajó el nivel de emergencia, en los pueblos afectados persiste la pregunta incómoda: ¿se pudo evitar?

El incendio que golpeó la sierra suroeste de Madrid empieza a quedar atrás en términos operativos, pero no en la memoria de sus vecinos. Con el fin de la emergencia de interés nacional anunciado por Pedro Sánchez y la rebaja del nivel de gravedad de 3 a 2, las localidades afectadas intentan volver a la normalidad entre fachadas ennegrecidas, jardines dañados y el recuerdo todavía fresco de desalojos caóticos que obligaron a cientos de personas a salir de sus casas con lo puesto. El balance provisional es duro: unas 70.000 hectáreas arrasadas entre Madrid y Ávila, una cifra que dimensiona una de las crisis ambientales y de seguridad más severas del verano en el centro peninsular.

En Pelayos de la Presa, uno de los municipios más expuestos al avance de las llamas, la escena de este jueves mezclaba regreso y devastación. Mientras algunas gallinas picoteaban ajenas al paisaje calcinado, la fachada de varias viviendas seguía mostrando las marcas del fuego. Desde una ventana, un cartel de agradecimiento resumía también el papel de los equipos de emergencia y de los cuerpos de seguridad que trabajaron en la zona. Vecinos como Manuel García relataron a EFE que, tras el desalojo, las calles quedaron colapsadas incluso en un municipio pequeño, y que salir de la localidad tomó mucho más tiempo del previsto por los cortes viales. En su caso, pudo marcharse a Alcorcón, donde reside habitualmente, pero otros habitantes fueron trasladados varias veces entre municipios conforme las llamas cambiaban de dirección. La sensación compartida, dijo, es que el incendio convirtió cada vivienda en una apuesta de azar.

El malestar también se instaló entre quienes consideran que la tragedia dejó al descubierto fallas previas de prevención. Mara Traseira, vecina de Pelayos, expresó su enfado porque, según su versión, había un parque de bomberos cercano cuyos efectivos estaban destinados al incendio de Almorox, en Toledo, cuando el fuego se aproximó al entorno del pueblo. Su crítica apunta además a la falta de limpieza del monte y de la ribera del río, una reclamación que, asegura, ya habían trasladado al ayuntamiento meses antes. Ese reclamo conecta con un debate más amplio que se repite en buena parte de España cada verano: la combinación de sequía, vegetación acumulada, infraestructuras insuficientes y una planificación forestal que llega tarde cuando el fuego ya avanza. En ese contexto, la discusión no es solo sobre apagar incendios, sino sobre cómo evitar que pueblos enteros queden a merced de una chispa.

La recuperación será lenta y desigual. Aunque algunas localidades, como Valdemaqueda, lograron esquivar el daño directo, el impacto del incendio trasciende sus límites geográficos: afecta a viviendas, comercios, actividad rural, turismo y, sobre todo, a la confianza de los vecinos en la capacidad de respuesta institucional. Lo que hoy queda en Pelayos de la Presa y en otras zonas afectadas no es únicamente ceniza; también hay una advertencia política y ambiental. Si no cambia la prevención en los montes y el manejo del territorio, el próximo incendio no será una sorpresa, sino la repetición de un problema anunciado.

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