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China crece al ritmo más bajo en tres años y se reavivan las dudas sobre su recuperación

Hace 2 horas

La economía china volvió a dar señales de debilidad: creció al ritmo más lento en tres años y quedó por debajo de lo esperado. El dato reaviva las dudas sobre la recuperación y confirma que la demanda interna sigue sin despegar.

China cerró un trimestre incómodo para su narrativa económica: su producto interno bruto avanzó al ritmo más débil en tres años, por debajo de las previsiones del mercado, en un momento en que Beijing insiste en que el entorno externo sigue siendo “inestable e incierto”. El golpe no es menor. Más allá de la cifra, lo que queda expuesto es que la segunda economía del mundo sigue buscando una salida sólida a un ciclo de recuperación frágil, con una demanda interna que no termina de reaccionar y con la desconfianza como telón de fondo.

De acuerdo con las cifras publicadas por la Oficina Nacional de Estadística de China, el desempeño económico quedó por debajo de lo anticipado por los analistas y volvió a encender alarmas sobre la capacidad del gobierno de Xi Jinping para sostener el crecimiento sin recurrir a estímulos cada vez más costosos. La debilidad no se explica por un solo factor. Pesa el consumo doméstico tibio, la crisis prolongada del sector inmobiliario, la cautela de los hogares y las tensiones comerciales y geopolíticas que siguen afectando la confianza de empresas e inversionistas. En otras palabras: el problema no es solo que China crezca menos, sino que crece sin el impulso interno que históricamente le permitió amortiguar los golpes externos.

Este mal trimestre importa mucho más allá de Pekín. Durante dos décadas, China fue el gran motor que sostuvo precios, materias primas y cadenas globales de suministro. Cuando la economía china se enfría, el impacto se siente desde los exportadores de cobre en América Latina hasta las multinacionales que dependen del consumo asiático. Para países como Colombia, cualquier desaceleración prolongada en China puede traducirse en menor tracción para sus ventas externas y en más presión sobre mercados de commodities. Y para Estados Unidos, el dato alimenta una ecuación más compleja: una China más lenta puede reducir tensiones en algunos frentes comerciales, pero también agrava la fragilidad de una economía global ya golpeada por tasas altas, incertidumbre geopolítica y menor apetito por el riesgo.

El punto de fondo es político además de económico. Beijing necesita convencer al mundo, y a su propia población, de que la recuperación sigue en marcha. Pero los números vuelven a contar otra historia: la de una economía grande, sí, pero todavía atrapada entre un Estado que intenta sostener el crecimiento desde arriba y una sociedad que no termina de volver a gastar con confianza. Si esa brecha no se corrige pronto, el desacelerón chino dejará de ser una mala racha para convertirse en una tendencia con consecuencias mucho más profundas.

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