Marruecos niega presiones en Ceuta y apunta a la justicia española
Imagen: El País
Marruecos rechazó haber ejercido presiones o chantajes en la crisis migratoria de Ceuta y trasladó la responsabilidad a la justicia española. Rabat sostiene que la sentencia del Supremo que limitó las expulsiones en caliente debilitó el efecto disuasorio en la frontera.
Marruecos salió al paso de la crisis migratoria en Ceuta con una defensa frontal: niega haber recurrido a “presiones” o “chantajes” y atribuye el desbordamiento fronterizo a una decisión judicial española que, según Rabat, alteró el control en la línea limítrofe. La lectura marroquí apunta directamente a la sentencia del Tribunal Supremo que restringió la práctica de las expulsiones en caliente, una medida polémica que durante años fue presentada como uno de los mecanismos más duros de contención en la frontera sur de Europa.
De acuerdo con la posición expuesta por el Gobierno de Rabat, el problema no estaría en una estrategia política de coerción, sino en la “desactivación del elemento disuasorio” que, a su juicio, había representado ese procedimiento. En otras palabras: Marruecos responsabiliza al cambio en el marco jurídico español de haber reducido el freno inmediato sobre los intentos de cruce masivo. Esa interpretación, sin embargo, deja fuera un elemento central del debate: la gestión migratoria en Ceuta no depende solo de fallos judiciales o de decisiones administrativas, sino de una relación bilateral marcada por tensiones recurrentes, cooperación selectiva y una frontera que funciona también como instrumento político.
El señalamiento de Rabat no es menor porque llega en un momento en que la migración vuelve a cruzarse con la diplomacia entre ambos países. La crisis de Ceuta evidenció hasta qué punto la presión fronteriza puede convertirse en una herramienta de poder en la relación hispano-marroquí, al tiempo que reabre preguntas de fondo sobre seguridad, derechos humanos y responsabilidad compartida. Para España, la sentencia del Supremo puso límites a una práctica criticada por organizaciones humanitarias; para Marruecos, en cambio, esa decisión habría erosionado la capacidad de frenar salidas irregulares. El choque de relatos confirma que la frontera es hoy algo más que un paso geográfico: es un tablero político donde cada gesto tiene consecuencias internas y externas.
Más allá de la disputa jurídica, el episodio deja una advertencia incómoda para Europa y para los países de tránsito: cuando la migración se administra con lógica de presión diplomática, los primeros en pagar el costo son las personas que se lanzan al cruce. Ceuta volvió a mostrar que, sin acuerdos estables y reglas claras, la frontera puede desbordarse en cuestión de horas. Y también que cada interpretación sobre lo ocurrido termina revelando no solo una posición legal, sino una estrategia de poder.




