Estados Unidos aprieta a Irán, pero no logra asfixiar su economía

Imagen: El País
Seis meses de guerra y presión económica no han logrado el objetivo de Washington: Irán sigue funcionando, aunque más golpeado y con una población civil cada vez más castigada. El cerco de Trump aprieta, pero aún no estrangula la economía iraní.
La estrategia de máxima presión que Donald Trump quiere endurecer contra Irán ha conseguido encarecerle la vida al régimen, pero no derribarlo económicamente. Medio año después del inicio de la guerra, Teherán sigue sosteniendo su aparato productivo y su maquinaria estatal, mientras el costo real de la asfixia recae sobre la población civil, atrapada entre la inflación, la escasez y el deterioro del ingreso. En otras palabras: la presión hace daño, pero no produce todavía el colapso que la Casa Blanca pretende vender como desenlace inevitable.
De acuerdo con el análisis publicado por El País, el cerco comercial y financiero sí ha golpeado sectores clave de la economía iraní, pero no ha conseguido desarticular la matriz que mantiene en pie al régimen. Eso significa que, pese a las restricciones sobre exportaciones, divisas y transacciones internacionales, Irán conserva capacidad para mover recursos, adaptar rutas de comercio y absorber parte del impacto. La diferencia la está pagando la gente común: familias con menos poder adquisitivo, consumidores enfrentados a precios más altos y una sociedad donde la guerra económica se traduce en menos acceso a bienes básicos y más precariedad cotidiana.
El dato de fondo importa porque desmonta una idea recurrente en Washington: que apretar la economía de un adversario autoritario basta para forzarlo a ceder políticamente. La experiencia iraní muestra lo contrario o, al menos, algo más incómodo: los regímenes con estructuras estatales endurecidas, redes informales de comercio y capacidad de imponer costos internos pueden resistir mucho más de lo que esperan sus enemigos. Y cuando eso ocurre, las sanciones dejan de ser un instrumento quirúrgico y se convierten en una presión difusa que castiga sobre todo a quienes menos poder tienen para protegerse. Esa es la grieta ética y política del plan estadounidense: debilita al país, sí, pero no necesariamente a los centros reales de decisión.
Por eso, más que una historia sobre una economía al borde del colapso, lo que revela este momento es el límite de la coerción como herramienta de política exterior. Si la estrategia de Trump se profundiza, es probable que aumente el sufrimiento social sin garantizar un cambio de comportamiento del régimen. Y en medio de ese pulso, Irán sigue demostrando algo que suele olvidarse en Washington: las sanciones pueden erosionar un país durante años, pero no siempre alcanzan para estrangularlo.




