Michel Devoret y la carrera cuántica: entre el Nobel, Google y la prudencia científica

Imagen: El País
Michel Devoret, figura central de la física cuántica y científico jefe de Google para estas tecnologías, usa el Nobel para bajar el ruido: prefiere hablar de avances reales antes que de promesas grandilocuentes. Su mirada resume la tensión entre la academia y la industria en la carrera cuántica.
Michel Devoret, uno de los nombres más influyentes en la física cuántica contemporánea y actual científico jefe de Google para tecnologías cuánticas, ha recibido el Nobel de Física en un momento en que el sector vive atrapado entre la euforia y la prudencia. Su mensaje, según dejó ver en la entrevista publicada por El País, es claro: el progreso científico no sigue el calendario de los discursos corporativos ni de las expectativas políticas, y mucho menos se deja encerrar en pronósticos cómodos. En un campo donde abundan las promesas de revolución, Devoret apuesta por una postura menos espectacular pero más seria: reconocer que la tecnología avanza, sí, pero a su propio ritmo y con sus propios sobresaltos.
La relevancia de su perfil no está solo en el galardón sueco, sino en el lugar desde el que habla. Devoret encarna una de las figuras más buscadas en el ecosistema tecnológico actual: el científico capaz de moverse entre la investigación académica y una empresa como Google, donde la frontera entre descubrimiento y producto se vuelve cada vez más difusa. Esa combinación no es menor. En Estados Unidos, las grandes tecnológicas llevan años invirtiendo miles de millones de dólares para acelerar la computación cuántica, un área que promete resolver problemas hoy inabordables para los computadores clásicos, desde diseño de nuevos materiales hasta optimización logística y simulación molecular. Pero entre la promesa y la aplicación real hay una distancia enorme, y Devoret parece decidido a recordarlo.
Su escepticismo frente a los pronósticos no es una pose; es una advertencia útil en una industria donde la presión por anunciar “la próxima gran cosa” suele deformar el debate público. La historia de la tecnología está llena de saltos inesperados, caminos truncados y avances que tardaron décadas en volverse útiles para la vida diaria. Por eso importa lo que dice alguien como Devoret: porque la carrera cuántica no solo se juega en laboratorios de elite, sino también en la capacidad de gobiernos, empresas y universidades para sostener inversiones largas sin vender humo. Para una audiencia en Estados Unidos y también en países como Colombia, donde la discusión sobre innovación suele quedarse en la superficie, esa es una lección incómoda pero necesaria: el futuro tecnológico no se decreta, se construye.
Hay, además, un matiz humano en el retrato de Devoret que lo saca del molde del científico encerrado en fórmulas. Su afición por el cine revela a un investigador que mira el mundo con curiosidad más allá de la física, algo que no es anecdótico en una época en la que la ciencia necesita explicar mejor lo que hace y por qué importa. En el fondo, su entrevista deja una idea potente: la verdadera autoridad en tecnología no siempre pertenece al que promete más, sino al que entiende que el conocimiento serio avanza sin atajos, y que la revolución cuántica —si llega como promete— será menos un espectáculo de titulares que una obra de paciencia, precisión y tiempo.


