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Racismo en hospitales británicos: pacientes rechazan a médicos africanos y asiáticos

Hace 6 horas

El sistema de salud británico enfrenta una paradoja brutal: depende del personal extranjero para funcionar, pero una parte de los pacientes responde con racismo abierto. Una encuesta reveló que médicos y enfermeros africanos y asiáticos son cada vez más blanco de rechazo en hospitales de Gran Bretaña.

El racismo dentro de los hospitales británicos dejó de ser una incomodidad aislada para convertirse en una señal de alarma sobre el estado social del Reino Unido. Según informó clarin colombia, una encuesta mostró que muchos pacientes ya no quieren ser atendidos por médicos o enfermeros africanos o asiáticos, en un episodio que expone la tensión entre la dependencia del sistema de salud hacia el personal extranjero y el crecimiento de la xenofobia en la atención pública.

El problema no es menor ni nuevo, pero sí parece haberse agravado. El servicio nacional de salud británico se vio obligado a contratar a miles de profesionales formados fuera del país ante la escasez crónica de médicos y enfermeros, una dependencia que se volvió todavía más evidente durante la pandemia, cuando el sistema estuvo al borde del colapso. Ahora, de acuerdo con la información difundida por clarin colombia, parte de ese personal esencial enfrenta actitudes discriminatorias de pacientes que rechazan su atención por el color de piel, el origen étnico o la nacionalidad de quienes los reciben.

Lo que ocurre en Gran Bretaña importa más allá de sus fronteras porque revela una contradicción que también conocen otros sistemas de salud en Europa y América: se exige calidad, rapidez y cobertura universal, pero se estigmatiza a quienes sostienen esos servicios cuando no encajan en la idea tradicional de “lo nacional”. En la práctica, esa hostilidad no solo humilla a los trabajadores, sino que también puede deteriorar la relación médico-paciente, aumentar el desgaste profesional y agravar la crisis de retención de personal en un sector ya golpeado por jornadas excesivas y salarios que no siempre compensan la presión. Para los pacientes, además, el costo de esta intolerancia puede traducirse en una atención más tensa, menos eficiente y cada vez más difícil de garantizar.

La situación deja al descubierto una lección incómoda: los hospitales británicos funcionan gracias a una fuerza laboral internacional, pero el clima político y social que alimenta el rechazo al inmigrante termina infiltrándose incluso en los espacios donde la empatía debería ser la regla. Si el Reino Unido no enfrenta de fondo esta ola de racismo, el problema dejará de ser solo moral y pasará a ser estructural: menos profesionales dispuestos a quedarse, más vacantes sin cubrir y un sistema de salud todavía más frágil para una población que ya espera demasiado por atención médica.

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