Colombia

Mujer habría usado a su hijo para robar en Kennedy y lo dejó abandonado al huir

Hace 50 minutos

Una mujer usó a su hijo de 12 años como parte de un robo en un local comercial de Kennedy, Bogotá, y lo abandonó cuando llegó la Policía. El caso expone una combinación inquietante de delincuencia, negligencia y manipulación de un menor.

Un robo en un local comercial de Kennedy, en el suroccidente de Bogotá, terminó revelando algo más grave que el hurto de dinero: una madre habría involucrado a su propio hijo de 12 años en el delito y luego lo dejó abandonado en el establecimiento cuando los dueños del negocio y las autoridades reaccionaron. Según informó infobae colombia, la mujer y un adulto con el que actuaba escaparon en un taxi tras ser descubiertos, después de tomar efectivo de la caja registradora.

El hecho ocurrió en medio de una escena que combina astucia delictiva y una crueldad difícil de justificar. De acuerdo con la información conocida, la mujer ingresó al local junto con el menor y otro hombre, y en cuestión de minutos sustrajeron dinero antes de ser sorprendidos por el propietario. Cuando el negocio fue alertado y la situación se complicó, los adultos decidieron huir en un taxi, dejando atrás al niño, quien permaneció solo en el establecimiento. Las autoridades tuvieron que intervenir para ubicarlo y establecer qué papel cumplía en la maniobra.

Más allá del hurto puntual, el caso vuelve a poner sobre la mesa una realidad que en Bogotá y en otras ciudades del país se repite con alarmante frecuencia: la utilización de menores en actividades delictivas. No se trata únicamente de un problema de seguridad, sino de protección infantil, de entornos familiares rotos y de adultos que convierten a los niños en herramientas descartables para delinquir. Cuando un menor es usado para facilitar un robo, no solo se vulnera la ley; se normaliza una forma de explotación que puede dejar secuelas emocionales, sociales y penales de largo aliento. Y si además es el propio núcleo familiar el que empuja al niño a ese escenario, el daño adquiere una dimensión todavía más profunda.

Lo ocurrido en Kennedy obliga a mirar el fenómeno con menos ingenuidad y más rigor. En barrios donde el comercio de pequeño y mediano tamaño sostiene buena parte de la economía diaria, los robos de esta clase golpean directamente a quienes viven del trabajo informal o de márgenes estrechos. Pero el caso también interpela a las instituciones: no basta con capturar a los responsables del hurto si el menor queda reducido a una nota al pie. La pregunta de fondo es qué protección real tiene un niño de 12 años cuando su propio entorno lo empuja a cruzar la línea entre la infancia y el delito. Y esa respuesta, en Bogotá, sigue siendo incómodamente insuficiente.

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