Estados Unidos

Murió Martha Lillard, la última paciente que vivía en un pulmón de acero en EE.UU.

Hace 3 horas

Martha Lillard, la última persona en Estados Unidos que vivía dentro de un pulmón de acero, murió a los 78 años. Su historia condensa la huella que dejó la polio en generaciones enteras y recuerda por qué la vacunación sigue siendo una barrera decisiva.

Martha Lillard murió el 26 de junio a los 78 años y con ella se cerró un capítulo singular de la historia médica estadounidense: era la última paciente en el país que seguía viviendo gracias a un pulmón de acero. Sobreviviente de polio desde la infancia, pasó su vida enfrentando secuelas respiratorias y motrices que la obligaron a construir una rutina fuera de lo común, pero nunca renunció a estudiar, escribir poesía ni enamorarse, según informó infobae estados unidos.

Lillard nació y creció en una época en la que la polio todavía era una amenaza cotidiana para miles de familias. La enfermedad no solo le dejó daños físicos permanentes, sino que la llevó a depender de un sistema mecánico de asistencia respiratoria que se volvió parte de su existencia durante décadas. Aun así, su vida no quedó reducida al encierro ni a la dependencia: estudió a distancia, desarrolló una voz propia a través de la escritura y sostuvo vínculos afectivos que desafiaban los límites que le imponía su condición. Esa combinación de fragilidad y determinación es la que convierte su historia en algo más que una nota médica: es un retrato de resistencia humana.

Su muerte también obliga a mirar hacia atrás y entender el peso histórico de la polio en Estados Unidos. Durante buena parte del siglo XX, antes de la expansión de la vacuna, el virus provocó pánico, hospitalizaciones masivas y secuelas de por vida en miles de personas. El pulmón de acero fue, en ese contexto, una solución extrema pero vital para pacientes con parálisis respiratoria. Que Lillard haya sido la última usuaria de ese aparato en el país habla tanto del avance de la medicina como de la generación que sobrevivió a una enfermedad que hoy parece lejana, pero que marcó profundamente la salud pública estadounidense. Su vida es también una advertencia: cuando la prevención falla, las consecuencias pueden acompañar a una persona durante toda su existencia.

Más allá del dato histórico, lo que deja Martha Lillard es una lección incómoda y necesaria. En tiempos en los que resurgen dudas sobre las vacunas y crece la desinformación sanitaria, su historia recuerda que la inmunización no es una abstracción ni un debate ideológico: es la diferencia entre una vida autónoma y décadas de dependencia, entre la memoria del horror y la posibilidad de evitarlo. Lillard murió, pero su trayectoria queda como testimonio de una época que Estados Unidos no debería olvidar.

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