Netanyahu y Eisenkot quedan sin mayoría y dependen de aliados menores

Imagen: BBC Mundo
Las elecciones en Israel dejaron a Benjamin Netanyahu y a su rival Gadi Eisenkot sin una mayoría clara para gobernar. La llave del próximo gobierno quedó en manos de partidos minoritarios, incluidos los árabes, que lograron un resultado histórico.
Israel volvió a quedar atrapado en un escenario de bloqueo político tras unas elecciones en las que ni el bloque liderado por Benjamin Netanyahu ni el encabezado por Gadi Eisenkot consiguió los escaños necesarios para formar gobierno por sí solo. El resultado obliga a ambos a buscar apoyos fuera de sus coaliciones naturales, en un tablero donde los partidos minoritarios se convierten, una vez más, en árbitros del poder.
De acuerdo con BBC Mundo, ninguno de los dos grandes bloques alcanzó la mayoría parlamentaria indispensable para gobernar sin depender de fuerzas pequeñas. Entre ellas destacan los partidos árabes, que lograron un desempeño récord y pasan a ocupar una posición decisiva en las negociaciones. En la práctica, eso significa que la formación del próximo gabinete podría depender de acuerdos incómodos, concesiones programáticas y alianzas que, en otro contexto, serían políticamente difíciles de justificar ante sus propias bases.
La situación refleja una tendencia que Israel arrastra desde hace varios ciclos electorales: la fragmentación del voto y la dificultad para construir coaliciones estables. En un sistema parlamentario como el israelí, la aritmética legislativa es tan importante como la campaña misma, y cuando ningún bloque domina con claridad, los gobiernos nacen debilitados antes siquiera de asumir. Para Netanyahu, que ha construido su carrera sobre la capacidad de negociar al límite, el resultado supone un nuevo examen de supervivencia política. Para Eisenkot, la ruta al poder depende de tejer una mayoría heterogénea en un país polarizado por la seguridad, la identidad y el rumbo del conflicto con los palestinos.
Más allá del nombre que termine ocupando la jefatura de gobierno, el desenlace confirma que Israel entra otra vez en una fase de incertidumbre. Si las negociaciones fallan, el país podría enfrentar nuevas rondas de presión política, pactos frágiles o incluso otra elección. Para los ciudadanos, el costo de este empate es concreto: un gobierno débil suele traducirse en decisiones postergadas en materia de seguridad, economía y gestión interna, mientras el sistema sigue dependiendo de pequeñas bancadas que pueden inclinar la balanza en cualquier momento.



