Solastalgia: el dolor de volver a una tierra quemada

Imagen: El País
Volver a un paisaje arrasado por el fuego no solo deja ceniza: deja una herida emocional que puede durar años. La solastalgia explica por qué ver la tierra quemada altera nuestra relación con el lugar que llamábamos hogar.
Cada verano de incendios deja una escena que no termina cuando se apagan las llamas: la de quienes regresan a un paisaje destruido y descubren que el daño también se instaló en la mente. Esa mezcla de tristeza, desarraigo y sensación de pérdida tiene nombre: solastalgia, un malestar psicológico que aparece cuando el entorno que daba identidad y refugio cambia de forma abrupta, y que se vuelve especialmente visible tras los incendios forestales.
El problema no es solo ver árboles calcinados o montañas ennegrecidas. Según explica la fuente consultada por El País, el golpe más profundo llega cuando la memoria del lugar choca con la realidad de la tierra quemada. Uno vuelve, pero el sitio ya no responde como antes: faltan los olores, los sonidos, la sombra, los senderos, incluso la sensación de pertenencia. En esa ruptura entre lo recordado y lo que queda, muchas personas experimentan ansiedad, tristeza persistente e incluso síntomas parecidos al duelo. No se trata de nostalgia por el pasado en sentido romántico, sino de una reacción emocional ante una pérdida concreta: la del territorio vivido.
Este fenómeno importa porque los incendios ya no pueden medirse solo en hectáreas destruidas o viviendas perdidas. También producen secuelas invisibles que afectan a comunidades enteras, especialmente a quienes tienen una relación estrecha con la tierra: campesinos, habitantes rurales, pueblos indígenas y familias que han construido su vida alrededor de un paisaje específico. La solastalgia ayuda a entender por qué la recuperación después del fuego no es únicamente técnica ni material; requiere tiempo, acompañamiento psicológico y una reconstrucción del vínculo con el territorio. En países como Colombia y en distintas regiones de Estados Unidos, donde el avance de las temporadas de calor extremo y los incendios se vuelve cada vez más frecuente, este dolor puede convertirse en una experiencia colectiva y repetida, no en una excepción.
Hay además una advertencia de fondo: cuanto más se normalicen los paisajes devastados, más se erosiona la idea de que el territorio es estable y seguro. Y esa incertidumbre tiene consecuencias políticas, sociales y emocionales. La solastalgia no es solo una palabra académica para nombrar un malestar nuevo; es también una señal de que la crisis climática ya no se limita al medio ambiente. Está afectando la manera en que la gente habita, recuerda y entiende su propio hogar. Cuando el regreso es a tierra quemada, el incendio continúa de otra forma.


