Una Aida excesivamente explicada cierra la temporada del Maestranza

Imagen: El País
La nueva Aida del Maestranza cerró la temporada en Sevilla con una ambición visual enorme, pero una idea escénica demasiado explicativa. El montaje se salva en el Nilo del tercer acto y en la Aida de Marigona Qerkezi.
El Teatro de la Maestranza cerró su temporada con una nueva Aida de Verdi que llegó envuelta en ambición estética y salió con una sensación incómoda: la de haber querido decir demasiado. Paco Azorín toma como referencia a Stanley Kubrick para construir un espectáculo de gran aparato visual, pero su apuesta acaba chocando con el misterio que la ópera necesita; donde Kubrick sugiere, la escena aquí insiste, explica y subraya.
La producción se mueve entre grandes superficies, geometrías frías y una lectura que prefiere el concepto al impulso dramático. Ese énfasis termina restando aire a los personajes y convierte varias escenas en una especie de comentario sobre la obra, más que en la obra misma. Aida, una de las partituras más conocidas del repertorio, no necesita que le traduzcan cada emoción: necesita tensión, contraste y una dirección capaz de sostener el pulso entre lo íntimo y lo monumental. Cuando el montaje se excede en verbalizar lo que debería permanecer en la sombra, la tragedia pierde filo.
En una plaza como la sevillana, donde el cierre de temporada suele funcionar también como balance artístico, el listón es especialmente alto. El público no solo espera solvencia musical; espera que el teatro haga dialogar tradición y riesgo sin sacrificar la emoción. Por eso el gran hallazgo de la noche no estuvo en la idea general, sino en un momento muy concreto: el Nilo del tercer acto, resuelto con una potencia visual que por fin encontró una imagen a la altura de Verdi. Ahí la escena dejó de explicarse y empezó a respirar, recordando que, cuando la ópera se apoya en una buena arquitectura teatral, el impacto puede ser inmediato incluso en los pasajes más transitados.
También sostuvo la función la soprano Marigona Qerkezi, que se convirtió en la gran garantía de la velada. Su Aida aportó musicalidad, presencia y un fraseo capaz de devolver humanidad a una propuesta demasiado pendiente de su concepto. En un título tan frecuentado, donde las lecturas modernas suelen prometer revelación y a menudo entregan solo envoltorio, la función deja una lección útil: una puesta en escena puede aspirar a la inteligencia y aun así fallar si olvida que en la ópera la emoción no se demuestra; se provoca. Y cuando eso sucede, como anoche en Sevilla, el espectáculo sobrevive gracias a destellos muy concretos, no por la coherencia de su discurso.



