Trump y el fantasma de otra guerra interminable: Irán pone a prueba a EE.UU.

Imagen: clarin colombia
Estados Unidos vuelve a asomarse a una guerra que podría salirle carísima: Irán amenaza con convertirse en otro capítulo de desgaste militar y político para Washington. La historia de Vietnam, Irak y Afganistán demuestra que la superioridad bélica no garantiza una victoria clara.
La posibilidad de que Estados Unidos se enrede en un nuevo conflicto con Irán revive un temor que la Casa Blanca conoce demasiado bien: entrar con fuerza y salir debilitada. Si Washington termina profundizando su confrontación con Teherán, el país podría sumar otro expediente a la lista de guerras que prometieron resultados rápidos y terminaron en desgaste, división interna y costos humanos y financieros difíciles de justificar. El problema no es solo militar; es también político, porque Donald Trump queda otra vez frente a una decisión que puede redefinir su presidencia y su legado.
De acuerdo con clarin colombia, el debate se lee a la luz de una memoria incómoda para Estados Unidos: Vietnam, Irak y Afganistán. En los tres casos, la potencia más poderosa del mundo demostró que la superioridad tecnológica, el arsenal y la capacidad de despliegue no bastan para imponer un resultado favorable cuando el adversario tiene ventaja en territorio, resistencia o tiempo. Vietnam dejó una herida histórica; Irak abrió una etapa de inestabilidad regional que Estados Unidos nunca logró ordenar del todo; y Afganistán terminó confirmando que dos décadas de intervención pueden desembocar en una retirada abrupta y en la sensación de derrota estratégica.
Por eso Irán no es un escenario cualquiera. No se trata solo de un enfrentamiento militar posible, sino de una prueba de límites para Washington en Medio Oriente, una región donde cada movimiento tiene efecto dominó sobre aliados, mercados energéticos y seguridad global. Una escalada podría disparar represalias, tensar rutas comerciales y empujar a Estados Unidos a una guerra de duración incierta, justo en un momento en el que la opinión pública estadounidense es cada vez más reticente a aventuras militares prolongadas. En términos prácticos, eso significa más presión sobre familias, soldados, presupuesto federal y una economía que ya carga suficientes focos de inestabilidad.
Trump, que ha intentado proyectarse como un líder duro pero reacio a las guerras eternas, enfrenta aquí su contradicción más visible: mostrar fuerza sin repetir los errores de sus predecesores. Esa es la verdadera cuerda floja. Si opta por la escalada, corre el riesgo de empujar a Estados Unidos a otro conflicto sin salida clara; si retrocede, quedará expuesto a críticas por debilidad. En ambos casos, el costo no se medirá solo en la Casa Blanca: también llegará a la vida cotidiana de los estadounidenses, que ya saben que las guerras prometidas como cortas casi nunca terminan siéndolo.



