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Venezolanos sostienen con su propio dinero la emergencia tras el doble terremoto

Hace 6 horas
Venezolanos sostienen con su propio dinero la emergencia tras el doble terremoto

Imagen: BBC Mundo

Tras el doble terremoto en el oeste de Venezuela, la respuesta más inmediata no vino del Estado sino de ciudadanos que, con sus propios recursos, están restaurando juguetes, llevando comida y hasta fabricando bolsas mortuorias. En medio de la devastación, la solidaridad improvisada se convirtió en la primera línea de auxilio.

La emergencia dejada por el doble terremoto en el oeste de Venezuela no solo abrió grietas en casas, carreteras y hospitales: también expuso la fragilidad de la respuesta institucional y empujó a decenas de ciudadanos a convertirse, con lo que tienen a mano, en la red de auxilio más visible sobre el terreno. Desde quienes restauran juguetes para niños afectados hasta quienes reparten almuerzos en centros de salud, reciclan ropa o confeccionan bolsas mortuorias, la ayuda está saliendo más de la iniciativa individual que de una estructura pública robusta.

Según la información recopilada por BBC Mundo, entre los voluntarios hay historias que condensan la magnitud humana de la tragedia. Una de ellas es la de personas que dejaron oficios completamente distintos para dedicarse a tareas de emergencia tan duras como necesarias: transformar materiales disponibles en insumos para atender a las víctimas, especialmente cuando los recursos escasean y los servicios básicos se ven desbordados. En la práctica, esto significa que la recuperación inmediata no se está sosteniendo solo con donaciones o coordinación oficial, sino con tiempo, creatividad y dinero propio de ciudadanos que decidieron actuar antes de esperar instrucciones.

Ese escenario importa porque revela un patrón ya conocido en crisis latinoamericanas: cuando el Estado llega tarde o llega incompleto, la sociedad civil absorbe el golpe inicial. En Venezuela, además, cualquier desastre natural ocurre sobre una base social y económica deteriorada por años de crisis, migración masiva, precariedad hospitalaria y salarios insuficientes. Por eso, una tarea que en otro contexto parecería marginal —como reparar juguetes o conseguir alimentos para pacientes y familiares— aquí se vuelve central para sostener la dignidad mínima de los afectados. Y en el caso de las bolsas mortuorias, el dato es aún más crudo: no se trata solo de atender sobrevivientes, sino de responder a la muerte con una infraestructura que muchas veces tampoco está lista.

Lo que queda después del terremoto es una lección incómoda pero clara: la solidaridad ciudadana salva, pero no puede reemplazar al Estado. Los voluntarios están amortiguando la emergencia y evitando que el abandono sea todavía peor, pero su esfuerzo también pone en evidencia una pregunta de fondo que Venezuela arrastra desde hace años: qué ocurre cuando la única respuesta rápida ante una catástrofe depende de la voluntad individual y no de una capacidad pública organizada. En esa brecha, entre la devastación y la improvisación solidaria, es donde hoy se está escribiendo la recuperación.

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