Petro condena agresión en Bucaramanga y alerta por el odio político en campaña
Imagen: infobae colombia
Un joven denunció haber sido agredido en Bucaramanga mientras participaba en una marcha de apoyo a Iván Cepeda. El presidente Gustavo Petro salió a condenar el hecho y lo atribuyó al clima de odio y desinformación que, a su juicio, se ha instalado alrededor de la política.
La denuncia de un joven agredido en Bucaramanga volvió a poner sobre la mesa un problema que Colombia arrastra desde hace años: la violencia verbal que termina abriendo paso a la agresión física en escenarios políticos. Según informó infobae colombia, la víctima aseguró que estaba participando en una marcha a favor del candidato presidencial Iván Cepeda cuando una mujer lo insultó, lo señaló como “guerrillero” y luego lo atacó. El caso generó reacción inmediata del presidente Gustavo Petro, que rechazó lo ocurrido y responsabilizó a la manipulación política y a la fabricación de relatos para alimentar el odio.
De acuerdo con la versión divulgada por la fuente, el joven relató que el episodio no fue un simple cruce de palabras, sino una agresión directa en medio de una actividad pública de carácter político. El señalamiento de “guerrillero” no es menor en un país donde esa palabra ha sido usada durante décadas como arma de estigmatización, muchas veces para deslegitimar a opositores, líderes sociales o simpatizantes de corrientes de izquierda. Petro, al reaccionar, insistió en que la mujer fue alimentada por mentiras y un discurso hostil que terminó desbordándose en el espacio físico. Su mensaje buscó no solo respaldar a la víctima, sino enviar una señal de condena a la intolerancia que hoy marca la discusión pública en Colombia.
Más allá del caso puntual, el episodio refleja el nivel de polarización que atraviesa la campaña política y el debate nacional. Cuando una discusión electoral se convierte en una batalla moral donde el adversario deja de ser un contradictor y pasa a ser un enemigo, el riesgo de violencia crece. En Colombia, ese lenguaje no es inocente: durante décadas, la etiqueta de “guerrillero” ha servido para perseguir, señalar y reducir el espacio democrático de quienes piensan distinto. Por eso este tipo de denuncias no deberían leerse como hechos aislados, sino como síntomas de una enfermedad más amplia: la normalización del odio como herramienta política. Y en esa dinámica, las redes sociales, los discursos incendiarios y la propaganda juegan un papel central al amplificar prejuicios y fabricar certezas falsas.
Lo que ocurra después también importa. Si las autoridades identifican responsabilidades, el caso podría convertirse en un termómetro de cómo el Estado responde frente a agresiones políticas en el espacio público. Pero incluso si la investigación no avanza, el episodio deja una alerta clara: la democracia no se debilita solo con grandes rupturas institucionales, sino también con actos cotidianos de humillación, miedo y estigmatización. Para la gente de a pie, esto significa que participar en una marcha, expresar una simpatía política o simplemente estar en el lugar equivocado puede convertirse en un riesgo. Y esa es, quizás, la señal más preocupante de todas.




