Bab el‑Mandeb, el estrecho que puede desatar una nueva crisis marítima global

Imagen: BBC Mundo
El estrecho de Bab el‑Mandeb se ha convertido en un punto de máxima tensión para el comercio mundial: por allí circula cerca del 12% del petróleo transportado por mar. Si los hutíes profundizan su avance, la presión sobre esta ruta podría disparar una crisis marítima con efectos globales.
El estrecho de Bab el‑Mandeb, entre Yemen y Yibuti, volvió a instalarse en el centro del mapa geopolítico mundial por una razón simple: por ese corredor marítimo transita cerca del 12% del petróleo que se mueve por mar en el planeta. En un momento en que el estrecho de Ormuz ya carga con la presión de la guerra y la inestabilidad regional, cualquier alteración en Bab el‑Mandeb no sería un problema local ni una disputa lejana del Medio Oriente, sino un golpe directo a la cadena global de energía, transporte y precios.
La alerta no es menor. De acuerdo con el análisis publicado por BBC Mundo, el avance de los hutíes en la zona aumenta el riesgo de que este paso estratégico quede expuesto a bloqueos, ataques o demoras que encarezcan el tránsito de buques mercantes y petroleros. Bab el‑Mandeb es una de esas arterias invisibles de la economía internacional: cuando funciona, casi nadie le presta atención; cuando se interrumpe, el impacto se siente de inmediato en los costos de flete, en los seguros marítimos, en la disponibilidad de combustibles y, al final de la cadena, en lo que pagan consumidores y empresas desde Europa hasta América Latina.
La importancia del estrecho se entiende mejor si se mira el tablero completo. El comercio mundial depende de un puñado de cuellos de botella marítimos, y Bab el‑Mandeb es uno de los más sensibles porque conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y, por extensión, con la ruta hacia el canal de Suez. Si esa vía se complica, las navieras se ven obligadas a desviar embarcaciones por trayectos más largos, caros y lentos, lo que repercute en tiempos de entrega y en la factura final de importadores y exportadores. Para países dependientes del petróleo y sus derivados, una interrupción sostenida podría traducirse en presiones inflacionarias adicionales y en más volatilidad en los mercados energéticos.
El problema es que la región ya vive con múltiples focos de tensión simultáneos. La presión sobre Ormuz, sumada a la fragilidad en el mar Rojo, deja a la economía global con menos margen de maniobra frente a cualquier escalada. En términos prácticos, esto significa que una crisis en Bab el‑Mandeb no solo afectaría a grandes potencias o a navieras internacionales: también puede terminar golpeando al transporte, la producción y el costo de vida en países que dependen de importaciones energéticas y de mercancías que cruzan esos corredores. En un mundo interconectado, un estrecho amenazado puede convertirse en un problema de bolsillo para millones de personas.



