El centro político en Colombia pelea por no desaparecer en medio de la polarización
Imagen: El Tiempo - Política
En una Colombia cada vez más partida en bandos, la conversación entre Claudia Palacios y Vladdo pone sobre la mesa una pregunta incómoda: qué pasa cuando el centro político se achica hasta volverse casi invisible. La respuesta importa porque ahí se juega la posibilidad de acuerdos mínimos.
En una Colombia atravesada por la polarización, el diálogo entre Claudia Palacios y Vladdo sobre el miedo, la desconfianza y la dificultad de encontrar puntos de encuentro funciona como un termómetro de época: el centro político ya no solo está en disputa, sino que parece luchar por sobrevivir. Y esa pelea importa más allá de las élites partidistas, porque cuando los matices se arrinconan y la conversación pública se convierte en una guerra de trincheras, la democracia pierde su capacidad de negociar, corregir errores y construir consensos básicos sobre seguridad, economía, educación y convivencia.
La reflexión, difundida por El Tiempo - Política, parte de una sensación que muchos ciudadanos reconocen en su vida diaria: hablar de política se volvió un terreno minado. En vez de puentes, abundan sospechas; en lugar de argumentos, etiquetas. Palacios y Vladdo ponen el foco en ese clima emocional que empuja a la gente a escoger bando antes que a pensar en soluciones, y en cómo el miedo termina funcionando como combustible de los extremos. No es un asunto menor. Cuando una sociedad se acostumbra a leer toda diferencia como amenaza, la deliberación pierde valor y la conversación pública se empobrece. El resultado no es solo ruido: es parálisis institucional, decisiones cortoplacistas y una ciudadanía que se resigna a elegir entre opciones cada vez más radicalizadas.
Ese fenómeno no es exclusivo de Colombia, pero aquí encuentra un terreno fértil por la historia reciente de conflicto, la fragilidad de la confianza en los partidos y la tendencia de varias campañas a simplificar problemas complejos en relatos morales de buenos contra malos. En ese contexto, la supervivencia del centro político no debería entenderse como la defensa de una etiqueta ideológica vacía, sino como la preservación de un espacio donde todavía sea posible reconocer que el país no se arregla con absolutos. El centro, en su mejor versión, no es tibieza: es capacidad de negociación, pragmatismo y sentido de realidad. Y justamente por eso incomoda a quienes viven de la polarización, porque obliga a matizar, a ceder y a aceptar que ninguna fuerza política tiene el monopolio de la verdad.
La conversación entre Palacios y Vladdo deja una advertencia de fondo: si el país sigue premiando la confrontación por encima del acuerdo, el debate público se reducirá a una competencia de identidades y no a una discusión sobre resultados. Para la gente común eso se traduce en gobiernos más débiles, reformas más frágiles y un clima social más hostil, donde cada diferencia se interpreta como una batalla existencial. Defender el centro no significa borrar las discrepancias; significa impedir que la política se convierta en un campo donde solo sobreviven los más ruidosos. En tiempos de polarización, esa puede ser la batalla más importante de todas.




