De La Espriella agita el debate cultural con propuesta contra el wokismo
Imagen: El Tiempo - Política
Abelardo De La Espriella convirtió el combate al “wokismo” en una bandera política y reabrió la discusión sobre el rumbo cultural del Estado. Su propuesta más visible es cambiar el nombre del Ministerio de las Culturas para llamarlo nuevamente Ministerio de Cultura y Patrimonio.
La ofensiva política de Abelardo De La Espriella contra el llamado “wokismo” ya dejó de ser una consigna abstracta y empezó a aterrizar en una propuesta concreta: cambiar el nombre del Ministerio de las Culturas para que vuelva a llamarse Ministerio de Cultura y Patrimonio. La idea, presentada como parte de una cruzada contra lo que él considera una agenda ideológica en las instituciones, ha provocado reacciones divididas entre quienes la ven como un ajuste simbólico necesario y quienes la interpretan como un golpe a la diversidad que el actual nombre buscó visibilizar.
De acuerdo con lo informado por El Tiempo - Política, la iniciativa se enmarca en un discurso más amplio del dirigente, que ha hecho del rechazo al progresismo cultural uno de sus ejes de movilización. El cambio de denominación no es menor: en Colombia, los nombres de los ministerios no solo describen funciones administrativas, también envían mensajes políticos sobre prioridades de gobierno. Volver al singular “Cultura y Patrimonio” implicaría, en la práctica, revertir una decisión que buscó reconocer la pluralidad de expresiones culturales del país y el peso de las comunidades en esa conversación institucional.
Por eso el debate va más allá de una placa en la fachada de una entidad. La discusión toca una fibra sensible en la política contemporánea: hasta dónde llega la representación de la diversidad en el Estado y en qué momento esas apuestas se convierten, para sus críticos, en una sobrecarga ideológica. Quienes apoyan el giro sostienen que el lenguaje del Estado debe ser sobrio y centrarse en lo esencial; quienes lo cuestionan advierten que borrar el plural puede ser una forma de reducir la complejidad cultural del país a una visión más tradicional y excluyente. En un país tan desigual y diverso como Colombia, el pulso simbólico también tiene consecuencias reales en la manera como se diseñan políticas públicas, se asignan recursos y se reconocen identidades.
Lo que está en juego, entonces, no es solo un nombre. La propuesta de De La Espriella busca instalar una narrativa de orden frente a lo que llama exceso de corrección política, pero al mismo tiempo abre una disputa sobre memoria, representación y poder cultural. Si esa bandera logra crecer, el debate no se quedará en el sector cultural: puede convertirse en un termómetro de hacia dónde se moverá una parte del electorado que hoy rechaza con fuerza los lenguajes y símbolos del progresismo.


