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París y la ilusión de una moda neutral frente a un mundo cada vez más político

Hace 2 horas
París y la ilusión de una moda neutral frente a un mundo cada vez más político

Imagen: El País

La Semana de la Moda de París intenta vender belleza y neutralidad en medio de un clima global marcado por guerras, polarización y crisis. Pero en la pasarela, fingir distancia frente a la realidad ya es una postura política.

La Semana de la Moda de París ha intentado estos días presentarse como un refugio de belleza pura, casi un territorio blindado frente a la convulsión política y social que domina el mundo. Pero esa búsqueda de neutralidad —esa voluntad de hablar solo de cortes, siluetas y brillo— no elimina la política: la desplaza, la disfraza o, en el mejor de los casos, la convierte en una omisión muy visible. En una ciudad que sigue siendo capital simbólica de la industria global del lujo, la pregunta ya no es si la moda puede apartarse de lo político, sino qué precio paga cuando lo intenta.

En los desfiles y en la conversación que los rodea, se impone una idea recurrente: la de que la moda debe defender la belleza como un espacio autónomo, casi intocable, y dejar fuera el ruido del exterior. Esa postura puede parecer elegante y hasta comprensible en una industria que vende deseo, aspiración y escapismo. Sin embargo, según observa El País, el gesto de cerrar los ojos ante el contexto también comunica algo muy concreto: una toma de posición frente a guerras, crisis económicas, tensiones identitarias y debates sobre representación que atraviesan tanto Europa como Estados Unidos y América Latina. Cuando una pasarela decide no decir nada, también está diciendo algo sobre a quién le habla y a quién prefiere no incomodar.

Ese dilema no es nuevo, pero hoy adquiere otra densidad. La moda ya no opera en una burbuja: depende de cadenas globales de producción, de consumidores cada vez más atentos al origen de lo que compran y de una conversación pública donde el simbolismo importa tanto como el producto. Lo que antes podía venderse como sofisticación ahora puede leerse como evasión. Y en un momento en que la ciudadanía exige posicionamientos claros a empresas, artistas y marcas, la supuesta neutralidad se parece cada vez más a una estrategia de supervivencia comercial que a una renuncia inocente. Para el público, especialmente para quienes sienten de forma directa el impacto de la inflación, la precariedad o la polarización, la distancia estética de las grandes casas puede sonar a privilegio.

La paradoja es evidente: la moda aspira a presentarse como lenguaje universal, pero no puede escapar de las condiciones materiales y simbólicas que la rodean. París, que sigue marcando tendencia global, funciona como un termómetro de esas tensiones. Lo que se ve en la pasarela no es solo vestuario; es también una forma de leer el momento histórico. Y si la industria insiste en refugiarse en la belleza como si fuera un lugar neutral, corre el riesgo de confundir elegancia con desconexión. En tiempos de fractura, esa diferencia importa más de lo que parece.

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