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Illa apuesta por la propiedad compartida para ampliar la vivienda protegida en Cataluña

Hace 2 horas
Illa apuesta por la propiedad compartida para ampliar la vivienda protegida en Cataluña

Imagen: El País

Salvador Illa quiere ampliar el parque de vivienda protegida en Cataluña con una fórmula poco habitual: la propiedad compartida. La propuesta, apoyada en el Código Civil catalán y una ley de propiedad temporal, busca abaratar el acceso a un piso sin expulsar la titularidad del mercado.

El presidente de la Generalitat, Salvador Illa, ha puesto sobre la mesa una vía para intentar aliviar una de las crisis más persistentes en Cataluña: la falta de vivienda asequible. Su apuesta es impulsar la propiedad compartida de pisos, una fórmula jurídica que permite que una persona compre solo una parte del inmueble y vaya adquiriendo el resto con el tiempo, en lugar de asumir desde el inicio el precio completo de la vivienda. La idea no es menor: pretende engrosar el parque protegido y abrir una puerta de acceso a la vivienda para hogares que hoy quedan fuera del mercado por los altos precios y por la escasez de oferta.

La propuesta, según explicó El País, bebe de dos pilares legales ya existentes en el ordenamiento catalán: el Código Civil de Cataluña y una norma sobre propiedad temporal. En la práctica, este modelo busca repartir el coste de entrada y facilitar que más familias puedan estabilizar su situación habitacional sin depender por completo de un alquiler cada vez más tensionado ni de una hipoteca inaccesible. A diferencia de las fórmulas clásicas de compraventa, la propiedad compartida introduce una transición gradual hacia la titularidad total, con reglas específicas sobre derechos, obligaciones y plazos. Ese diseño intenta combinar acceso y protección, aunque también plantea desafíos de gestión y control para evitar que se convierta en un atajo especulativo.

El interés político de Illa por este mecanismo se entiende mejor si se mira el fondo del problema. Cataluña arrastra desde hace años una presión creciente sobre el mercado inmobiliario, especialmente en Barcelona y su área metropolitana, donde los precios de compra y alquiler se han desacoplado de los salarios de buena parte de la población. En ese contexto, cualquier herramienta que permita ampliar oferta protegida y reducir la barrera de entrada gana peso en la agenda pública. Pero la experiencia enseña que las soluciones jurídicas, por sí solas, no resuelven una crisis estructural: hacen falta suelo, inversión, seguridad regulatoria y capacidad administrativa para que el modelo funcione a escala.

Lo relevante aquí no es solo la novedad técnica, sino el giro político que representa. Illa parece apostar por fórmulas intermedias entre la propiedad plena y el alquiler tradicional, un terreno que hasta ahora ha tenido poco protagonismo en el debate público español. Si la medida prospera, puede convertirse en un laboratorio para otras comunidades con problemas parecidos. Si fracasa, quedará como otra buena idea atrapada entre la urgencia social y la lentitud del sistema. En ambos casos, el mensaje es el mismo: la vivienda sigue siendo el gran termómetro de la desigualdad en Cataluña y uno de los principales tests para medir la capacidad de respuesta del nuevo gobierno autonómico.

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