El día que un corresponsal vio de cerca al hombre que luego encarnó el horror en Bosnia

Imagen: BBC Mundo
Allan Little, corresponsal especial de la BBC, recuerda el día en que conoció a Ratko Mladic, mucho antes de que el general serbobosnio quedara marcado como uno de los símbolos más brutales de la guerra de Bosnia. Ese encuentro ayuda a entender cómo un hombre con apariencia de mando militar terminó asociado a atrocidades que Europa no ha olvidado.
Allan Little no conoció a Ratko Mladic cuando el nombre del general serbobosnio ya era sinónimo de atrocidad, sino en los primeros meses de la guerra de los Balcanes, cuando todavía era posible mirar ese conflicto con la peligrosa ilusión de que todo podía explicarse como una disputa militar más. Años después, Mladic sería recordado como el "carnicero de Bosnia", una etiqueta ganada a sangre y fuego por su papel en una de las tragedias más oscuras de Europa desde la Segunda Guerra Mundial. El valor del testimonio de Little está justamente ahí: permite observar el momento en que un jefe militar aún parecía un personaje de guerra antes de convertirse, para la historia, en un ejecutor del horror.
La crónica de ese encuentro, relatada por el corresponsal especial de la BBC, no se limita a una anécdota periodística. Muestra el rostro humano —o, mejor dicho, la máscara de normalidad— de quienes conducen guerras con aparente disciplina y lenguaje castrense, mientras detrás se abre la puerta a la limpieza étnica, los asedios prolongados y las matanzas que marcaron la desintegración de Yugoslavia. Mladic, como otros mandos de la época, proyectaba la imagen de un militar convencido de su misión, un hombre que entendía el conflicto como una cruzada nacionalista. Pero esa fachada sería desbordada por los hechos: el sitio de Sarajevo, la masacre de Srebrenica y la maquinaria de violencia que dejó miles de muertos, desplazados y familias rotas para siempre.
Por eso importa volver a ese primer encuentro. No solo por la dimensión testimonial, sino porque ayuda a recordar que los crímenes de guerra no nacen de la nada ni de monstruos abstractos; suelen crecer en entornos donde el odio se vuelve política, la impunidad se vuelve estrategia y la deshumanización del otro se normaliza. La guerra de Bosnia, entre 1992 y 1995, sigue siendo una advertencia incómoda para Europa y para el mundo: cuando un Estado se descompone y los extremismos étnicos toman el mando, la frontera entre liderazgo militar y barbarie puede desaparecer en cuestión de meses. El relato de Little, visto hoy, funciona como una radiografía temprana de ese proceso.
En tiempos en que resurgen discursos de supremacía nacional, propaganda bélica y lecturas simplistas sobre los enemigos internos, recordar a Mladic no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una necesidad política. Bosnia dejó una lección que sigue vigente: los responsables de las peores violencias casi nunca se anuncian como tales al principio. A menudo llegan envueltos en uniforme, legitimidad y retórica de orden. El periodismo, cuando acierta a mirarlos antes de que sea tarde, cumple una función esencial: dejar constancia de cómo empieza el desastre antes de que el mundo aprenda a llamarlo por su verdadero nombre.



