Infantino cumple 10 años en la FIFA y refuerza su poder pese a las críticas

Imagen: BBC Mundo
Gianni Infantino cumple una década al frente de la FIFA convertido en una figura casi intocable, pese a los choques con sindicatos y con parte del fútbol europeo. Su poder revela hasta qué punto la organización que rige el fútbol mundial sigue concentrada en pocas manos.
Gianni Infantino llega a los 10 años como presidente de la FIFA no solo aferrado al cargo, sino con una capacidad de maniobra que pocos dirigentes del deporte mundial conservan durante tanto tiempo. Pese a los roces acumulados con sindicatos, con clubes y con sectores del fútbol europeo, el suizo ha logrado sostener una posición que hoy parece blindada. La paradoja es evidente: cuanto más crecen las críticas por su estilo y por sus alianzas, más difícil luce desplazarlo.
Según informó BBC Mundo, Infantino ha construido su poder sobre una fórmula tan pragmática como eficaz: controlar la agenda, ampliar la influencia de la FIFA en el mercado global del fútbol y tejer lealtades en regiones donde el organismo reparte recursos, visibilidad y oportunidades. En ese tablero, los enfrentamientos con Europa no le han restado fuerza necesariamente; al contrario, le han permitido presentarse como el dirigente que desafía a las élites tradicionales del balompié. Ese discurso ha sido útil para consolidar apoyos fuera del eje histórico del poder futbolístico, donde pesan menos las reputaciones que la capacidad de distribuir beneficios.
La pregunta de fondo no es solo quién es Infantino, sino por qué ha logrado mantenerse tan sólido en un ecosistema donde los presidentes de las grandes instituciones deportivas suelen desgastarse rápido. La respuesta está en la arquitectura misma de la FIFA: una entidad con enorme autonomía, con fuerte peso político entre federaciones nacionales y con un sistema interno que premia la estabilidad del mando cuando éste sabe administrar recursos e influencias. En ese sentido, Infantino no es una anomalía aislada, sino el síntoma de un modelo que sigue concentrando poder y reduciendo los contrapesos reales. Por eso sus choques con sindicatos o con el fútbol europeo importan menos por la anécdota y más por lo que revelan: una disputa sobre quién define el calendario, quién captura los ingresos y quién decide el rumbo del fútbol mundial.
Para los aficionados de a pie, esta permanencia tiene consecuencias concretas. La FIFA de Infantino no solo administra torneos: define la lógica comercial del deporte más popular del planeta, desde el calendario hasta el reparto de dinero y la expansión de competencias que alteran la vida de clubes, jugadores y ligas enteras. Mientras el suizo siga en la cima, el debate sobre si el fútbol mundial está gobernado por la representación o por el poder concentrado seguirá abierto. Y hoy, a una década de su ascenso, Infantino parece seguir ganando esa batalla.



