Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se juegan el timón de un Perú al borde de otra crisis

Imagen: BBC Mundo
Keiko Fujimori y Roberto Sánchez encarnan dos proyectos políticos opuestos en un Perú agotado por la inestabilidad. La elección no solo define un nombre en el poder: puede profundizar la polarización o abrir una salida mínima de gobernabilidad.
Perú vuelve a poner a prueba su capacidad de resistir políticamente: Keiko Fujimori y Roberto Sánchez aparecen como los rostros de una disputa atravesada por la polarización, el voto indeciso y una gobernabilidad cada vez más frágil. La elección no se reduce a una competencia entre dos aspirantes; en realidad, es un pulso entre dos maneras de leer el país en un momento en que buena parte del electorado parece votar más por rechazo que por convicción. Según informó BBC Mundo, la carrera por presidir Perú se desarrolla en un escenario inestable, con instituciones debilitadas y una ciudadanía que carga años de desencanto acumulado.
Keiko Fujimori llega a esta contienda como una figura de enorme peso simbólico y también de enorme rechazo. Hija del expresidente Alberto Fujimori, ha convertido su apellido en una marca política que conserva una base dura de apoyo, especialmente entre sectores que asocian su liderazgo con orden, mano firme y experiencia de poder. Pero ese mismo apellido también activa memorias de autoritarismo, corrupción y una forma de hacer política que divide al país. Roberto Sánchez, por su parte, representa otro polo: el de una izquierda que intenta presentarse como alternativa al establishment, con un discurso más cercano a las demandas sociales y a la promesa de corrección del modelo, aunque no necesariamente con mayor capacidad de sumar confianza en un escenario fragmentado. El dato central es que ninguno de los dos compite solo por votos; compiten por construir legitimidad en un país que lleva años discutiendo quién puede gobernarlo sin romperlo más.
El problema de fondo es que Perú hace tiempo dejó de resolver sus crisis solo en las urnas. La sucesión de gobiernos débiles, enfrentamientos entre Ejecutivo y Congreso, renuncias forzadas y crisis de representación han convertido cada elección en una especie de plebiscito sobre la supervivencia institucional. Por eso el voto indeciso adquiere tanto valor: allí está la porción del electorado que puede inclinar la balanza, pero también la más difícil de capturar en un país donde la desconfianza hacia la política es estructural. Si Fujimori capitaliza el miedo al desorden, Sánchez intentará vender una salida desde el cambio; si ninguno logra ampliar su base más allá de los convencidos, el resultado podría ser un gobierno nacido ya con fragilidad política y con escaso margen para ordenar la economía, contener el malestar social o reconstruir acuerdos mínimos.
Lo que está en juego, entonces, va mucho más allá del nombre del próximo presidente. La elección puede definir si Perú sigue atrapado en el ciclo de confrontación permanente o si logra, al menos, una tregua institucional. Para la gente de a pie eso significa algo muy concreto: precios, empleo, estabilidad, servicios públicos y la posibilidad de que el Estado deje de parecer una máquina de conflicto. En un país cansado de crisis sucesivas, el verdadero desafío no es solo ganar la presidencia, sino demostrar que todavía existe una forma de gobernar sin volver a empujar al sistema al borde del colapso.

