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Grossi alerta que la ONU ya no puede seguir creciendo con cheques eternos de sus miembros

Hace 2 horas

Rafael Grossi advirtió que los Estados no están dispuestos a financiar indefinidamente el crecimiento administrativo de la ONU. El mensaje reabre el debate sobre una reforma multilateral que lleva años estancada y que hoy choca con la presión fiscal de los gobiernos.

Rafael Grossi puso sobre la mesa una advertencia incómoda para la diplomacia internacional: los países miembros no van a sostener por tiempo indefinido una expansión administrativa de la ONU si esta no demuestra resultados concretos. El director del Organismo Internacional de Energía Atómica sostuvo, en línea con ese diagnóstico, que el sistema multilateral necesita recortar duplicidades, ordenar sus funciones y mejorar su rendimiento antes de pedir más recursos a los mismos gobiernos que hoy enfrentan sus propias urgencias fiscales.

La afirmación, difundida por infobae mundo, llega en un momento en que las organizaciones internacionales cargan con una presión doble. Por un lado, se les exige más capacidad para responder a guerras, crisis humanitarias, migración, cambio climático y tensiones geopolíticas. Por el otro, los aportantes tradicionales revisan cada gasto con mayor desconfianza y preguntan por qué deben seguir sosteniendo estructuras que a menudo parecen lentas, fragmentadas y burocráticas. En ese contexto, el mensaje de Grossi no es solo técnico: es político. En Washington, por ejemplo, el debate sobre cuánto dinero debe destinarse a organismos multilaterales siempre vuelve a aparecer cuando la agenda interna aprieta. Y en América Latina, incluida Colombia, la discusión también tiene eco porque el peso de la cooperación internacional sigue siendo clave para financiar programas de desarrollo, paz y atención humanitaria.

El fondo del problema es conocido, pero nunca resuelto: la ONU y su ecosistema de agencias acumularon durante décadas capas de funcionamiento que en muchos casos se superponen, se estorban o repiten tareas. Esa arquitectura, pensada para ampliar alcance y presencia global, terminó generando una maquinaria costosa que hoy muchos gobiernos consideran difícil de justificar si no produce impactos medibles. Grossi, que dirige una agencia técnica con alto peso en la seguridad internacional, está señalando una verdad que en privado comparten varios diplomáticos: el multilateralismo corre el riesgo de perder legitimidad si se percibe como un aparato que crece por inercia y no por utilidad. Reformar no significa debilitarlo; significa evitar que se convierta en una estructura cada vez más cara y menos eficaz.

La advertencia tiene, además, un alcance mayor que el debate presupuestario. Si los Estados deciden endurecer sus aportes o exigir recortes, la ONU podría verse obligada a priorizar mejor, fusionar funciones y demostrar resultados con más transparencia. Para países que dependen de la ayuda externa o de la coordinación internacional, eso puede traducirse en menos margen para la improvisación, pero también en una oportunidad para exigir un sistema más ágil y menos complaciente consigo mismo. La señal de Grossi, en el fondo, es clara: el multilateralismo no está condenado, pero sí está obligado a justificarse de nuevo frente a unos gobiernos que ya no están dispuestos a firmar cheques eternos.

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