Registraduría niega fraude y atribuye cambios en el conteo a la dinámica normal de la elección
Imagen: El Tiempo - Política
La Registraduría salió al paso de la denuncia de Gustavo Petro sobre un supuesto fraude y sostuvo que la diferencia entre las primeras y últimas mesas de votación no es anómala. Hernán Penagos afirmó que ese patrón ya se ha repetido en comicios anteriores y responde a la dinámica normal del conteo.
La Registraduría Nacional rechazó la tesis de fraude planteada por Gustavo Petro y defendió la validez del comportamiento observado entre las primeras y las últimas mesas reportadas en la jornada electoral. El registrador Hernán Penagos sostuvo que esa diferencia en los resultados no constituye una señal irregular por sí misma, sino un patrón que ya ha aparecido en otros procesos electorales del país. Con esa explicación, la autoridad electoral intentó desactivar una de las controversias más sensibles del cierre político del gobierno saliente: la sospecha sobre la integridad del conteo.
Según explicó Penagos, el orden en que se procesan y divulgan las mesas incide en el resultado parcial que ve la opinión pública durante la noche electoral. Las mesas que reportan primero no suelen ser una muestra homogénea del total nacional, y por eso es esperable que los porcentajes cambien a medida que avanza el escrutinio y entran votos de territorios distintos, con comportamientos políticos diferentes. En otras palabras: la foto inicial no siempre se parece a la final, y esa variación no equivale automáticamente a manipulación. La Registraduría insistió en que el fenómeno cuestionado por Petro ya había ocurrido en elecciones pasadas, lo que para la entidad refuerza la idea de que se trata de una dinámica estadística y operativa, no de una alteración deliberada del resultado.
El choque no es menor porque toca una fibra delicada de la democracia colombiana: la confianza en el sistema electoral. Cuando un presidente saliente sugiere fraude sin una evidencia contundente y la autoridad electoral responde que el comportamiento es normal, el debate deja de ser técnico y se convierte en político. Eso tiene efectos concretos en la legitimidad del ganador, en la percepción ciudadana sobre la transparencia del proceso y en la capacidad institucional para cerrar la jornada sin dejar heridas abiertas. En un país donde la desconfianza en las autoridades suele crecer más rápido que las explicaciones oficiales, la Registraduría no solo tuvo que defender un procedimiento; también tuvo que defender la credibilidad del conteo frente a una opinión pública cada vez más escéptica.
La discusión, además, deja una lección incómoda para el sistema político: en la era de la desinformación y las narrativas de fraude, no basta con que los resultados sean correctos; también deben ser entendibles. Si la ciudadanía percibe saltos bruscos entre el arranque y el cierre del escrutinio, la institucionalidad debe explicar mejor por qué ocurren, cómo se procesan los votos y qué controles existen para evitar alteraciones. Esa pedagogía, que suele llegar tarde, es clave para que una elección no termine siendo leída desde la sospecha sino desde los datos. Y en este caso, la Registraduría apuesta por una idea sencilla pero decisiva: que la anomalía no está en el conteo, sino en la lectura política que se hace de él.




