Belmont ve señales de un giro autoritario tras la promesa de Keiko Fujimori
Imagen: infobae
Ricardo Belmont elevó el tono contra Keiko Fujimori tras su promesa de gobernar con la huella de su padre. El excandidato presidencial advirtió que ese discurso revive recuerdos autoritarios y reabre temores sobre el regreso del fujimorismo duro.
Ricardo Belmont volvió a poner el foco sobre el peso simbólico de la familia Fujimori en la política peruana y lo hizo con una advertencia que trasciende la coyuntura: a su juicio, la promesa de Keiko Fujimori de acercarse al estilo de gobierno de su padre no es una simple referencia histórica, sino una señal de alarma. Según informó Infobae, el excandidato presidencial cuestionó con dureza ese planteamiento y expresó su temor ante la posibilidad de que el país vuelva a una lógica de poder asociada al autoritarismo, la mano dura y la concentración de decisiones en torno a un liderazgo fuerte.
La reacción de Belmont se produjo luego de que la lideresa de Fuerza Popular dejara ver su intención de reivindicar el legado político de Alberto Fujimori, una figura que sigue dividiendo a Perú entre quienes recuerdan la derrota de la hiperinflación y la captura de Sendero Luminoso, y quienes no olvidan las denuncias de violaciones a los derechos humanos, corrupción y debilitamiento institucional. En ese terreno de memoria todavía abierta, cualquier guiño al fujimorismo original no es neutro: activa adhesiones inmediatas en una parte del electorado, pero también enciende alertas en quienes ven en esa herencia una amenaza para los contrapesos democráticos. Belmont, con su estilo frontal, colocó ese debate en el centro y buscó advertir que no se trata solo de una estrategia electoral, sino de una narrativa con consecuencias políticas reales.
Lo que importa aquí no es únicamente la frase lanzada por el excandidato, sino el clima que revela. Perú sigue atrapado en una crisis de representación en la que los apellidos pesan más que los programas, y el fujimorismo continúa siendo uno de los polos más poderosos de esa polarización. Keiko Fujimori ha intentado durante años reconstruir su imagen como una lideresa con capacidad de gobernar y ordenar el país, pero el lastre de la década de 1990 sigue acompañándola en cada campaña. Por eso, cuando insinúa continuidad con el mandato de su padre, no solo habla a su base dura: también le recuerda al resto del país que la discusión sobre seguridad, economía y autoridad sigue cruzada por el debate sobre los límites del poder. En un escenario de desconfianza ciudadana, esa señal puede ser interpretada como fortaleza o como retroceso, dependiendo de dónde se coloque cada votante.
El comentario de Belmont, en ese sentido, funciona como síntoma de una tensión mayor: Perú no ha terminado de cerrar la discusión sobre qué parte del fujimorismo puede ser reivindicada como eficacia de gobierno y qué parte pertenece a un pasado que no debería repetirse. Esa ambigüedad explica por qué cada gesto de Keiko Fujimori genera efectos tan intensos en la arena pública. Para una parte del país, su discurso promete orden; para otra, evoca la posibilidad de un poder sin suficientes controles. Y en medio de esa disputa, la política peruana vuelve a demostrar que no solo se pelea por el futuro, sino también por el sentido del pasado.




