Tragedia en Policarpa: seis miembros de una misma familia murieron en colapso de mina artesanal
Imagen: El Tiempo (Colombia)
El derrumbe de una mina artesanal de oro en Policarpa, Nariño, dejó 12 muertos y golpeó a una misma familia: seis de las víctimas eran allegados del presidente del Concejo Municipal, Manuel Darío Matituy. La tragedia vuelve a poner en evidencia el costo humano de la minería informal en el suroccidente colombiano.
La tragedia en una mina artesanal de oro de Policarpa, Nariño, dejó una huella doblemente dolorosa: además de las 12 personas muertas tras el colapso, seis de las víctimas eran seres queridos del presidente del Concejo Municipal, Manuel Darío Matituy. El caso sacude a una población acostumbrada a convivir con la minería informal, pero que esta vez vio cómo el riesgo terminó convirtiéndose en una catástrofe familiar y comunitaria. La dimensión humana del hecho explica por qué el duelo en el municipio no es solo institucional, sino profundamente personal.
De acuerdo con la información conocida por El Tiempo (Colombia), el desplome ocurrió en una explotación artesanal de oro, una actividad que en muchas zonas del país opera en condiciones precarias, con poca supervisión y altos niveles de vulnerabilidad para quienes ingresan a los socavones. Entre las víctimas fatales, seis pertenecían al círculo cercano de Matituy, un dato que agrava el impacto político y social de la emergencia en Policarpa. La tragedia no solo deja familias rotas, sino también preguntas urgentes sobre las condiciones en las que se trabaja y sobre la capacidad real de las autoridades para prevenir este tipo de hechos.
Este nuevo episodio vuelve a poner sobre la mesa un problema de fondo en Colombia: la minería artesanal e informal sigue siendo una actividad de alto riesgo, muchas veces sostenida por la necesidad económica más que por la legalidad o la seguridad. En territorios como Nariño, donde confluyen pobreza, economías ilegales y débil presencia estatal, estos accidentes no son hechos aislados sino síntomas de una crisis estructural. Cada derrumbe evidencia que detrás del oro barato suele haber vidas expuestas a la improvisación, la falta de controles y la ausencia de alternativas laborales dignas. Y cuando las víctimas pertenecen a una misma familia, como ocurrió en Policarpa, la tragedia deja de ser una cifra y se convierte en una herida abierta para todo el municipio.
Lo ocurrido en Policarpa debería leerse como una alerta nacional y no como una noticia más sobre minería ilegal. Si el Estado no interviene con prevención, formalización y control efectivo, los entierros seguirán ocurriendo antes que las soluciones. En regiones donde el trabajo en la mina parece la única salida, la pregunta no es solo cuántos oro se extrae, sino cuántas vidas más está costando seguir sacándolo así.




