Shakira desata una fiesta masiva en Madrid, pero sin un giro que sorprenda
Imagen: El País
Shakira llenó de euforia el primero de sus conciertos en Madrid ante 55.000 personas, con un show vibrante y pensado para el disfrute. La noche confirmó su poder de convocatoria, aunque dejó la sensación de un espectáculo correcto más que arriesgado.
Shakira volvió a demostrar en Madrid que sigue siendo una de las figuras más potentes del pop en español: 55.000 personas abarrotaron el recinto para verla en el primero de sus recitales en la capital, en una noche marcada por la celebración, el repertorio de grandes éxitos y una puesta en escena diseñada para que nadie se quedara quieto. La colombiana firmó un concierto muy disfrutable, de esos que funcionan como catarsis colectiva, pero también dejó la impresión de que el espectáculo apostó más por la seguridad del recorrido conocido que por una propuesta verdaderamente desafiante o novedosa.
El público encontró lo que había ido a buscar: energía, baile, carisma y un catálogo de canciones que forma parte de la memoria sentimental de varias generaciones. Según informó El País, el show tuvo un tono festivo constante, con momentos pensados para levantar al estadio y conectar de inmediato con la audiencia. Shakira sostuvo el peso de la noche con oficio, presencia escénica y una capacidad probada para convertir cada estribillo en un coro masivo. Sin embargo, en medio de esa eficacia, el concierto quedó más cerca de la celebración cómoda que de una declaración artística de mayor ambición, algo que se notó en la ausencia de quiebres formales o apuestas que sacaran al espectáculo de la zona segura.
Eso no significa que la presentación careciera de valor. Al contrario: en una industria donde la atención del público es cada vez más fugaz y donde los grandes conciertos compiten con la inmediatez de las pantallas, Shakira volvió a confirmar que su nombre sigue siendo un imán comercial y cultural. Su presencia en Madrid también dice mucho sobre la vigencia de las estrellas latinas en el mercado europeo, donde pocas artistas pueden reunir a una multitud de este tamaño con un repertorio en español y una identidad tan marcada. Pero el éxito de convocatoria abre otra conversación: cuando una artista de su tamaño ya no necesita probar nada, el reto pasa a ser cómo sorprender sin traicionar lo que la hizo masiva. Y ahí, esta vez, el concierto cumplió con solvencia, aunque sin dar un golpe sobre la mesa.
En términos más amplios, lo ocurrido en Madrid confirma que Shakira sigue ocupando un lugar privilegiado en la música popular: el de una artista capaz de convertir un estadio en una fiesta compartida. Para el público, eso suele ser suficiente. Para la crítica, en cambio, sigue quedando la pregunta de si una figura con tanto recorrido puede permitirse algo más que una noche redonda y bien ejecutada. Madrid tuvo celebración, tuvo magnetismo y tuvo multitud; lo que no tuvo, al menos del todo, fue ese filo inesperado que transforma un gran concierto en uno inolvidable.



