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El celular en la mesa y un costo silencioso en la crianza: el apego inseguro en los hijos

Hace 1 hora
El celular en la mesa y un costo silencioso en la crianza: el apego inseguro en los hijos

Imagen: infobae

Pasar demasiadas horas pegado al celular no solo desconecta a los adultos de su entorno: también puede afectar el vínculo con sus hijos. Según informó infobae, esa distracción repetida podría contribuir a que un niño crezca con apego inseguro y derive en relaciones ansiosas, dependientes o distantes.

El problema ya no es solo cuánto tiempo pasan los adultos frente al celular, sino qué ocurre en ese lapso con la relación más sensible del hogar: la que se construye entre padres e hijos. De acuerdo con lo publicado por infobae, la distracción constante por el teléfono puede interferir en la respuesta emocional que los niños esperan de sus cuidadores y, con el tiempo, favorecer la aparición de un apego inseguro. En términos simples: cuando un niño percibe atención intermitente, presencia a medias o una disponibilidad impredecible, aprende a vincularse desde la incertidumbre.

Ese aprendizaje temprano no es menor. Especialistas en desarrollo infantil y salud mental suelen advertir que la calidad del vínculo en los primeros años moldea la forma en que una persona entiende el afecto, la confianza y el rechazo. Si la figura de cuidado está frecuentemente más pendiente de la pantalla que de las señales del niño, la respuesta afectiva se vuelve irregular. Según la información divulgada por infobae, esa dinámica podría traducirse más adelante en conductas ansiosas y dependientes, en una búsqueda insistente de validación o, en el extremo opuesto, en vínculos distantes marcados por el temor a ser herido o rechazado. No se trata de demonizar la tecnología ni de pretender una crianza sin dispositivos, sino de entender que el problema aparece cuando el celular desplaza de manera reiterada la atención que da seguridad.

La discusión importa porque toca una realidad cotidiana en Estados Unidos y Colombia: la vida familiar se desarrolla hoy entre notificaciones, trabajo remoto, redes sociales y una cultura de conexión permanente que hace cada vez más difícil separar lo urgente de lo importante. En ese contexto, el celular se convirtió en una especie de tercer actor dentro de la crianza, muchas veces presente en la comida, el juego, el trayecto escolar o la hora de dormir. Y aunque parezca un gesto pequeño, mirar la pantalla mientras un hijo intenta hablar, mostrar algo o pedir consuelo puede enviar un mensaje profundo: lo que está en el teléfono vale más que la interacción inmediata. Esa suma de microdesconexiones, repetidas durante años, es la que termina pesando en la construcción del apego.

Por eso el debate no debería quedarse en la culpa individual, sino en la organización misma de la vida doméstica. Si las familias están sobreexigidas, si los adultos viven estresados y si el móvil se volvió la puerta de entrada al trabajo, al entretenimiento y hasta al descanso, la pregunta de fondo es cómo proteger momentos de atención real. No hacen falta grandes discursos para marcar la diferencia: mirar a los ojos, responder a tiempo, sostener rutinas sin interrupciones y dejar el teléfono a un lado cuando un hijo busca contacto. En la crianza, la presencia no siempre se mide por estar en la misma habitación, sino por la capacidad de estar disponible de verdad. Y en esa diferencia, a veces silenciosa, se juega buena parte de la seguridad emocional de la próxima generación.

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