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La universidad pública y la mentira cómoda de que todo es gratis

Hace 1 hora
La universidad pública y la mentira cómoda de que todo es gratis

Imagen: infobae

La universidad pública sigue atrapada en una discusión vieja: se la defiende como si fuera gratis, cuando en realidad sostiene costos, tensiones y decisiones que el país evita mirar. Mientras no se rompa esa ilusión, será difícil enfrentar de verdad sus problemas estructurales.

La gran trampa alrededor de la universidad pública es que buena parte del debate político y social la sigue tratando como un derecho sin costo, cuando en realidad funciona sobre una base frágil, tensionada por presupuestos insuficientes, demandas crecientes y una idea equivocada de gratuidad absoluta. Esa paradoja, que según planteó infobae atraviesa el sistema universitario, no solo distorsiona la discusión: también impide ver con claridad qué está en juego cuando un país dice apostar por la educación superior como motor de movilidad social.

En la práctica, la universidad pública nunca ha sido gratuita en sentido estricto. La pagan los contribuyentes, la sostienen los salarios de docentes y personal administrativo, la infraestructura deteriorada, la investigación que sobrevive con recursos limitados y, en muchos casos, las familias que deben cubrir transporte, materiales, conectividad y alimentación para que sus hijos puedan estudiar. El problema es que esa realidad suele quedar escondida detrás de una narrativa cómoda: la de una institución que se presenta como un logro civilizatorio, pero que al mismo tiempo se administra como si sus necesidades fueran infinitas y sus restricciones, inexistentes. De acuerdo con infobae, si la universidad pública no logra sacudirse esa maraña de falsas creencias, será difícil que tome conciencia de los desafíos que enfrenta.

Y ahí está el punto central: no se trata de poner en duda el valor de la universidad pública, sino de rescatarla de un debate empobrecido. Cuando se insiste en hablar de “gratis” sin discutir calidad, financiamiento, cobertura, deserción, pertinencia académica y conexión con el mercado laboral, la institución queda atrapada entre el romanticismo y el abandono. En América Latina, y también en Colombia, esa discusión es especialmente delicada porque la universidad pública es una de las pocas herramientas reales de ascenso social para millones de jóvenes. Pero si el sistema no reconoce sus límites y no enfrenta el costo político de reformarse, termina condenando a estudiantes y profesores a convivir con una promesa incompleta: acceso sin condiciones materiales suficientes para sostener una educación de calidad.

Por eso esta discusión importa más allá del aula. Lo que está en juego no es solo cómo se financia una universidad, sino qué tipo de país se quiere construir. Una sociedad que repite que la educación superior pública es gratuita, sin hacerse cargo de quién paga la cuenta ni de cómo se garantiza su sostenibilidad, termina alimentando un espejismo. Y los espejismos, en materia educativa, suelen pagarse caro: en deterioro institucional, en frustración estudiantil y en una brecha cada vez más amplia entre la promesa y la realidad.

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