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Soledad no se vende: el precio de una conciencia

Omar RodríguezOmar RodríguezHace 1 hora
Soledad no se vende: el precio de una conciencia

Un poema de denuncia social sobre la compra de votos, la pobreza y las promesas que regresan cada temporada electoral a las calles de Soledad, Atlántico. Por. Omar Rodriguez SANA Prensa Independiente | Literatura social y crítica ciudadana

En Soledad, donde el sol madruga
y el calor se sienta en los bordillos,
hay hombres que llegan con sonrisas prestadas,
camisas recién planchadas
y promesas que huelen a mentira.

Aparecen cuando se acercan las elecciones,
cuando las paredes se llenan de rostros,
cuando los parlantes despiertan las calles
y las manos que antes estaban cerradas
descubren la costumbre de saludar.

Entonces llegan los abrazos,
las fotografías con los ancianos,
los besos a los niños,
las visitas a los barrios olvidados
y las palabras que suenan hermosas
hasta que termina la campaña.

La esquina donde se negocia la esperanza

Dicen que un voto tiene precio,
que una conciencia cabe en un sobre,
que el hambre puede esperar cuatro años
si esta noche aparece un billete.

En alguna esquina imaginaria de Soledad,
un hombre pregunta cuánto cuesta el silencio
y otro calcula cuánto necesita
para llevar comida a su casa.

No hay alegría en ese negocio.

Hay una madre preocupada,
un padre sin trabajo,
una nevera que guarda más aire que alimentos
y una necesidad que no pregunta
de dónde viene el dinero.

Pero también hay alguien
que conoce demasiado bien esas heridas
y llega para convertirlas
en una oportunidad electoral.

Porque no todos llegan a comprar votos
con el mismo peso en los bolsillos.

Uno lleva la necesidad.
El otro lleva el dinero.

Y quien ofrece comprar una decisión
se aprovecha de esa desigualdad.

Los que prometen y desaparecen

¿Dónde estaban cuando faltaba el agua?

¿Dónde estaban cuando la lluvia
convertía las calles en arroyos?

¿Dónde estaban cuando una madre
recorría oficinas buscando atención
y un joven caminaba bajo el sol
con una hoja de vida doblada?

No estaban en la esquina.

No estaban en el barrio.

No estaban cuando la gente
necesitaba algo más que discursos.

Pero regresan en tiempo de elecciones
con música, banderas y caravanas,
prometiendo escuelas, parques, hospitales
y calles que dejarán de inundarse.

Hablan del futuro con tanta facilidad
que parecen haber olvidado el pasado.

Y después de la votación,
cuando los afiches pierden el color,
muchas promesas vuelven a quedarse
pegadas en las paredes.

El voto que compra cuatro años de silencio

Un billete puede comprar una comida.
Tal vez dos.
Quizás aliviar una urgencia
que lleva meses esperando respuesta.

Pero no puede construir por sí solo
el colegio que necesita un niño,
ni asegurar la atención de un hospital,
ni limpiar los canales,
ni reparar las calles,
ni garantizar trabajo.

El dinero desaparece.

La necesidad permanece.

Y el ciudadano vuelve a esperar
que alguien recuerde las promesas
que escuchó desde su puerta.

Por eso la compra de votos
no es solamente un intercambio prohibido.

Es una forma de aprovecharse
de la desigualdad,
de ponerle precio a la esperanza
y de intentar convertir un derecho
en una deuda con el poderoso.

La culpa no puede recaer solamente en el pobre

Es fácil señalar al que recibe.
Es fácil condenarlo desde una oficina,
desde una casa con comida suficiente,
desde una mesa donde nunca falta el pan.

Más difícil es preguntarse
por qué alguien puede llegar a sentir
que su voto vale menos
que lo necesario para sobrevivir mañana.

La pobreza no justifica la corrupción,
pero tampoco debería servir
para ocultar la responsabilidad
de quienes la utilizan como herramienta.

Porque el verdadero poder del comprador
no está solamente en su dinero.

Está en saber que hay necesidades
que no pueden esperar.

Y mientras exista quien ofrezca comprar
la voluntad de los ciudadanos,
habrá que exigir justicia
y condiciones que permitan decidir
sin hambre, sin amenazas y sin presiones.

Soledad merece algo más que una promesa

Soledad no es una bolsa de votos.

No es una cifra escrita
en una libreta de campaña.

No es un barrio que se visita
para conseguir una fotografía.

Soledad es la mujer que madruga,
el vendedor que resiste el calor,
el estudiante que sueña con una universidad,
el trabajador que regresa cansado,
el abuelo que conoce la historia
de calles que han cambiado de nombre,
pero no siempre de suerte.

Es una ciudad de gente
que merece algo más
que atención cada cuatro años.

Merece respeto.

Merece servicios públicos dignos.

Merece oportunidades.

Merece que quienes aspiran a gobernarla
presenten propuestas verificables
y después respondan por sus decisiones.

El día que la conciencia despierte

Tal vez llegue una elección
en la que el billete no encuentre manos,
en la que las promesas vacías
no consigan llenar las plazas
y los ciudadanos pregunten
qué se hizo con los recursos
antes de escuchar nuevos discursos.

Tal vez llegue una mañana
en la que nadie tenga que escoger
entre una necesidad urgente
y su libertad para votar.

Pero ese día no nacerá
solamente de una consigna.

Necesitará educación,
trabajo, instituciones que respondan,
investigaciones que descubran responsables
y ciudadanos capaces de exigir cuentas.

Porque defender el voto
también significa defender
las condiciones para ejercerlo libremente.

Y cuando llegue otra campaña,
cuando regresen las caravanas
y las sonrisas se multipliquen
por las calles de Soledad,
ojalá nadie olvide
lo que cuesta una promesa incumplida.

Que no vuelvan a decirnos
que nuestra conciencia vale un billete.

Porque Soledad no se vende,
su dignidad no se alquila
y el futuro de sus hijos
no debería negociarse en una esquina.

Y si mañana alguien vuelve
con dinero escondido entre las manos,
que encuentre una ciudad despierta,
capaz de mirarlo a los ojos
y hacerle una sola pregunta:

Si tanto le importa nuestro futuro,
¿por qué quiere comprar
nuestro derecho a decidirlo?

Omar Rodríguez
Omar Rodríguez

Corresponsal | Periodista investigativo

Omar Rodríguez es periodista, corresponsal y periodista investigativo de SANA Prensa Independiente, con base en Nueva York. Cuenta con más de una década de experiencia vinculada al ejercicio periodístico y a la cobertura de temas de interés público, actualidad, migración, derechos humanos, comunidad y asuntos institucionales.

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