Bután cuestiona la comida como mercancía y alerta sobre sus costos sociales

Imagen: El País
La Cumbre Mundial de Sistemas Alimentarios Conscientes en Bután dejó una advertencia incómoda: tratar la comida solo como mercancía empobrece también la democracia, la cultura y la salud pública. El debate, según reflexiones recogidas por El País, apunta a cambiar el modelo antes de que la crisis alimentaria se vuelva estructural.
La Cumbre Mundial de Sistemas Alimentarios Conscientes, celebrada en Bután, puso sobre la mesa una idea incómoda pero urgente: cuando la comida se mira solo como un negocio, se pierde mucho más que valor nutricional. Se pierde capacidad de decisión sobre lo que comemos, se debilitan las economías locales y se rompe el vínculo cultural que durante siglos conectó a las comunidades con sus cultivos, sus mercados y sus mesas. Las reflexiones difundidas por El País en torno al encuentro apuntan a una conclusión clara: el sistema alimentario global no solo produce alimentos, también produce desigualdad, dependencia y vulnerabilidad.
El debate en Bután giró en torno a un problema que atraviesa a países ricos y pobres por igual: la creciente concentración del poder en unas pocas cadenas de suministro, la estandarización de la dieta y el desplazamiento de pequeños productores por modelos agrícolas intensivos. En ese marco, la comida deja de ser un derecho y se convierte en un activo financiero, sujeto a la lógica de maximizar rentabilidad por encima de la salud, la sostenibilidad o la soberanía alimentaria. El resultado es visible en el bolsillo y en el plato: productos más baratos a corto plazo, pero sistemas más frágiles, dietas más pobres y territorios rurales cada vez con menos oportunidades.
Que la discusión se haya dado en Bután no es un dato menor. El país asiático ha construido durante años una narrativa internacional centrada en el bienestar, la sostenibilidad y la medición del progreso más allá del PIB, y esa mirada funciona como contrapunto a la forma en que gran parte del mundo ha gestionado la alimentación. Lo que está en juego, en el fondo, es una pregunta política: quién decide qué se cultiva, cómo se distribuye, qué se subvenciona y qué llega finalmente a la mesa de millones de personas. Si esa decisión queda exclusivamente en manos del mercado, el costo social suele aparecer después, pero siempre aparece: en la obesidad, en la malnutrición, en la pérdida de biodiversidad y en la erosión de la autonomía alimentaria.
El mensaje de fondo de la cumbre, tal como lo recoge El País, es que el debate sobre comida no puede limitarse a producir más toneladas. Hace falta hablar de acceso, calidad, territorio y poder. Porque un cuenco lleno no garantiza una sociedad alimentada: solo garantiza que algo llegó al plato. La diferencia entre ambas cosas —y ahí está la disputa de nuestro tiempo— define no solo qué comemos, sino también qué modelo de civilización estamos dispuestos a sostener.




