‘La bella Helena’ y la sátira del teatro joven: entre la lucidez y el golpe fácil

Imagen: El País
Una comedia sobre el montaje de 'La bella Helena' convierte el caos de un elenco joven en una sátira del propio teatro. Pero la obra repartece golpes a discreción y deja la sensación de que su mala leche a veces pesa más que su puntería.
Miquel Mas Fiol convierte el montaje de La bella Helena en una excusa para mirar de frente las miserias del oficio teatral: egos inflados, precariedad, inseguridad y la eterna distancia entre el brillo que promete el escenario y la realidad gris de quienes lo levantan. La obra sigue a una troupe joven que intenta sacar adelante la opereta de Jacques Offenbach, y desde ese punto de partida construye una comedia que quiere ser corrosiva, pero que también deja ver sus costuras cuando la sátira se vuelve demasiado automática y ciertos golpes parecen dispararse sin necesidad de apuntar con precisión.
Según la lectura que propone El País, la pieza juega a ridiculizar tanto al mundo del teatro como a quienes lo habitan, con una energía generacional que se siente cercana a las frustraciones de muchos creadores jóvenes: poco dinero, mucho discurso y una competencia feroz por sobrevivir en un ecosistema cultural que exige talento, resistencia y, a menudo, cierta capacidad para tragarse la decepción. La presencia de Offenbach no es casual; la opereta sirve como espejo para hablar de un arte que se sabe artificio, pero también de una profesión que vive entre la vocación y la precariedad. Esa fricción da combustible al montaje y explica buena parte de su interés.
El problema, sin embargo, es que la obra parece confiar demasiado en la provocación como mecanismo dramático. La sátira funciona mejor cuando encuentra una verdad incómoda y la expone con bisturí; aquí, en cambio, algunas de esas “clatellades” se sienten más como castigo genérico que como crítica bien afinada. Y ahí aparece la paradoja de este tipo de propuestas: quieren desmontar la solemnidad del teatro, pero corren el riesgo de sustituirla por un cinismo que termina siendo tan previsible como aquello que pretende atacar. Aun así, el montaje deja una idea potente sobre el presente de las artes escénicas: cuando los jóvenes heredan un sector agotado, a veces la única manera de entrar en él es reírse de sus ruinas antes de que las ruinas se los traguen a ellos.
En tiempos en que la cultura vive presionada por la falta de recursos, la saturación de discursos y la necesidad constante de justificar su utilidad pública, una comedia como esta importa porque no solo retrata a una generación de actores; también retrata el clima de un oficio en crisis. Y aunque no todas sus bofetadas caigan donde deberían, la obra acierta al recordar que el teatro sigue siendo un lugar incómodo: un espacio donde la ambición, la ridiculez y la fragilidad conviven sobre el mismo escenario.




