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80 muertos en un cayuco rumbo a Canarias: 26 días a la deriva y un bebé entre las víctimas

Hace 5 horas

Un cayuco que salió de Gambia con decenas de migrantes terminó convertido en una escena de horror frente a Canarias: 80 personas murieron tras 26 días a la deriva. Solo 44 hombres sobrevivieron y cinco cadáveres, entre ellos el de un bebé, fueron recuperados por las autoridades españolas.

La travesía que partió de Gambia hacia las Islas Canarias terminó en una de las peores tragedias migratorias recientes en el Atlántico. De acuerdo con información difundida por Clarín Colombia y con base en el rescate realizado por fuerzas de seguridad españolas, 44 hombres lograron sobrevivir en un cayuco que permaneció 26 días a la deriva, mientras que al menos 80 personas murieron en el intento de alcanzar territorio europeo. Entre los cuerpos recuperados por los equipos de emergencia había el de un bebé, un dato que retrata con crudeza el nivel de vulnerabilidad de quienes se suben a estas embarcaciones precarias.

La barcaza, que había zarpado desde Gambia, fue localizada después de casi un mes sin rumbo en el océano. En el operativo, las autoridades encontraron cinco cadáveres a bordo además de los sobrevivientes, todos hombres. El balance final deja ver no solo la magnitud de la tragedia, sino también las condiciones extremas a las que se enfrentan los migrantes en la ruta atlántica: falta de agua, alimentos, asistencia médica y exposición prolongada al sol, al oleaje y al agotamiento. En este tipo de viajes, cada día sin rescate aumenta de manera dramática las probabilidades de muerte.

Lo ocurrido vuelve a poner sobre la mesa una realidad que Europa intenta administrar, pero no resolver del todo: la ruta migratoria hacia Canarias sigue siendo una de las más peligrosas del mundo. Para cientos de personas, salir de África occidental en un cayuco no es una aventura sino una apuesta desesperada por sobrevivir a la pobreza, la violencia o la falta de oportunidades. El problema es que esa salida, impulsada por redes de tráfico de personas y por la ausencia de vías regulares y seguras de migración, termina muchas veces en fosas marinas sin nombre. Y aunque el rescate de los 44 sobrevivientes evitó una tragedia aún mayor, el saldo revela otra vez el costo humano de una crisis que se repite con una normalidad alarmante.

Este episodio también interpela a los gobiernos europeos y africanos, que siguen respondiendo con controles, patrullajes y mensajes disuasivos, pero no con una política capaz de reducir de fondo la desesperación que alimenta estas rutas. Para la opinión pública, la imagen del bebé muerto y de decenas de personas abandonadas durante 26 días en alta mar debería servir como recordatorio de que la migración irregular no se entiende solo como un debate fronterizo, sino como una emergencia humanitaria. Mientras esas causas sigan intactas, el Atlántico seguirá cobrando vidas en silencio.

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