Trump baja el tono con España y Sánchez intenta esquivar el choque en la OTAN

Imagen: El País
Donald Trump ha dejado a España fuera de sus críticas públicas en la antesala de la cumbre de la OTAN, mientras Pedro Sánchez busca evitar una nueva confrontación con Washington. El giro alivia, por ahora, la presión sobre Moncloa, pero no elimina el fondo del choque por defensa y gasto militar.
Pedro Sánchez llega a la cumbre de la OTAN con un alivio relativo: Donald Trump, que en los últimos meses ha convertido el reparto del gasto militar en un arma política contra varios gobiernos europeos, no ha situado a España en el centro de sus ataques más recientes. Ese matiz importa más de lo que parece. En la lógica del presidente estadounidense, donde la presión pública suele ser el preludio de exigencias concretas, quedar fuera de la lista de señalados no significa quedar a salvo, pero sí ganar tiempo para maniobrar y evitar una confrontación directa que Moncloa considera costosa en términos diplomáticos y domésticos.
La tensión de fondo sigue intacta. El pulso entre Washington y varios aliados europeos gira en torno a cuánto y cómo debe financiarse la seguridad colectiva, una discusión que Trump ha convertido en un examen de lealtad hacia Estados Unidos. Según la información publicada por El País, el líder español llega a la cita atlántica con la sensación de que ya no es el único blanco del mandatario norteamericano, que ha preferido repartir sus reproches entre distintas capitales europeas. Para Sánchez, ese cambio de foco abre una pequeña ventana política: le permite presentarse como un socio prudente que intenta desactivar el choque sin ceder a una escalada verbal que podría envenenar la relación bilateral.
Pero conviene no confundirse. Que Trump obvie a España en esta ronda de críticas no borra el problema estructural: la presión sobre los aliados para que aumenten su contribución militar sigue siendo uno de los ejes de su política exterior, y España continúa en una posición incómoda dentro de ese debate. En Bruselas y en las capitales europeas se observa con preocupación cómo el presidente estadounidense utiliza la OTAN no solo como alianza de defensa, sino como palanca de negociación política. Para Moncloa, el riesgo es doble: por un lado, aparecer ante su electorado como un gobierno sometido a exigencias externas; por otro, quedar aislado si el resto de socios endurece su postura y Washington decide poner nombres y apellidos a los rezagados.
La cumbre, por tanto, no es solo una foto de líderes ni una discusión técnica sobre porcentajes del PIB. Es una prueba de resistencia para la arquitectura transatlántica en un momento en que el margen para los equilibrios se estrecha. Si Sánchez logra esquivar el choque, habrá ganado una batalla táctica. Pero el escenario de fondo sigue siendo el mismo: una OTAN presionada por Trump, una Europa obligada a responder y un Gobierno español que intenta navegar entre la disciplina aliada y su propio costo político interno.




