Estados Unidos

Trump fuerza a la Marina a retroceder en la modernización de los portaaviones clase Ford

Hace 6 horas

Donald Trump ordenó al Pentágono y a la Marina de Estados Unidos revertir parte de la modernización de los portaaviones clase Ford y volver a un sistema de lanzamiento por vapor. La directiva abre una nueva pulseada entre la Casa Blanca y la Armada sobre costos, confiabilidad y el futuro de la flota.

Donald Trump volvió a intervenir de lleno en el debate sobre el poder naval de Estados Unidos y ordenó que la Marina regrese a un sistema más antiguo para lanzar aviones desde portaaviones, una decisión que obliga al Pentágono a replantear la modernización de la clase Ford. La directiva, según informó infobae Estados Unidos, le da a Defensa y a la Armada dos meses para presentar un plan que reinstale la tecnología de vapor y cambie los ascensores de armamento de esos buques, una medida que reabre una discusión técnica con fuertes implicaciones estratégicas y presupuestarias.

El mandato impacta sobre una de las apuestas más visibles de la renovación naval estadounidense: los portaaviones de la clase Ford, concebidos como la próxima generación de esta fuerza y equipados con sistemas más automatizados y menos dependientes de la tecnología tradicional. La instrucción presidencial apunta a revertir parte de ese diseño, en especial en lo relativo a los sistemas de lanzamiento y a los mecanismos internos para mover armamento, dos componentes que han sido motivo de críticas por fallas, demoras y sobrecostos en el programa. En la práctica, la Casa Blanca está pidiendo una corrección de rumbo que podría afectar calendarios, contratos y prioridades de ingeniería dentro de la Marina.

La decisión importa más allá del detalle técnico. Estados Unidos sostiene buena parte de su proyección militar global en su flota de portaaviones, y cualquier cambio en estos buques toca el corazón de su capacidad de respuesta en escenarios como el Pacífico, Medio Oriente o el Atlántico. Volver a una tecnología anterior puede ser leído como una apuesta por la confiabilidad frente a sistemas nuevos que no han terminado de convencer; pero también puede traducirse en más costos, más retrasos y una señal de tensión entre la visión política de la presidencia y la planificación militar de largo plazo. En términos concretos, el debate no es solo sobre máquinas: es sobre cómo se arma la superioridad naval estadounidense en un momento en que China acelera su propio poder marítimo y Washington busca no perder ventaja tecnológica.

El plazo de dos meses pone presión inmediata sobre la Armada y sobre la burocracia de defensa, que ahora deberá explicar si la orden es viable, cuánto costaría y qué impacto tendría en la operatividad de los portaaviones ya en construcción o en servicio. También deja una pregunta de fondo: si la modernización prometida terminó entregando más problemas que soluciones, ¿está Estados Unidos corrigiendo un error o retrocediendo en nombre de la practicidad? La respuesta, como casi siempre en defensa, no solo definirá una plataforma militar, sino el tipo de fuerza que la Casa Blanca quiere proyectar hacia el resto del mundo.

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