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El guiño de Trump al “Tigre” reaviva el debate sobre machismo en la campaña colombiana

Hace 4 horas

El respaldo de Donald Trump al aspirante apodado “Tigre” en Colombia no solo agitó la campaña: también abrió una discusión incómoda sobre machismo y poder. Para los colectivos de mujeres, detrás de esa imagen de fuerza hay una estrategia ya conocida de la derecha.

El respaldo de Donald Trump al candidato apodado “Tigre” en Colombia ha movido la campaña presidencial a un terreno que va más allá de las encuestas: el de la masculinidad como herramienta política. Lo que en principio parecía un gesto de apoyo internacional terminó encendiendo una discusión de fondo sobre el tipo de liderazgo que una parte del electorado está dispuesta a premiar, y sobre cómo el machismo sigue siendo un recurso útil en la competencia por el poder.

Según informó Clarín Colombia, el favorito en la contienda ha quedado en el centro de un debate que combina imagen, lenguaje y símbolos. Colectivos defensores de los derechos de las mujeres interpretan esta apuesta como una fórmula repetida por sectores de derecha: construir al candidato como un hombre fuerte, decidido y casi impenetrable frente a la crítica, mientras se minimiza el costo político de promover una visión rígida de autoridad. En ese relato, la fortaleza no se presenta como capacidad de diálogo o gestión, sino como una versión endurecida de la virilidad, un terreno donde la sensibilidad, la igualdad y los derechos suelen quedar relegados.

Ese tipo de narrativa importa porque no se trata solo de estética electoral. En América Latina, y particularmente en Colombia, el machismo no es un adorno del discurso político, sino una estructura que atraviesa el debate público, las relaciones de poder y la forma en que se discuten temas esenciales para la vida cotidiana. Cuando la campaña se ordena alrededor de la figura del “hombre fuerte”, las mujeres suelen quedar ubicadas en el rol de espectadoras o de obstáculo ideológico, nunca como sujetos centrales de decisión. Por eso los movimientos feministas leen este fenómeno como una estrategia calculada: moviliza a votantes que asocian orden con mano dura, pero también normaliza una idea de país donde la autoridad se mide por la capacidad de imponer, no por la de incluir.

La discusión, además, tiene una dimensión internacional que no conviene subestimar. El guiño de Trump refuerza una lógica política que ya ha funcionado en otros lugares: líderes de ultraderecha o conservadores extremos que se respaldan mutuamente para legitimar un estilo de campaña basado en confrontación, superioridad moral y desprecio por los avances en igualdad de género. En Colombia, donde las mujeres han ganado espacio en la calle, en el Congreso y en la conversación pública, ese pulso puede convertirse en una prueba decisiva. Si el discurso de la fuerza logra imponerse, el costo no será solo simbólico: también puede traducirse en menos prioridad para políticas contra la violencia de género, menor respaldo a la autonomía económica de las mujeres y un retroceso en la agenda de derechos. Por eso, más que un simple episodio electoral, el caso del “Tigre” revela una disputa mayor por el modelo de liderazgo que Colombia está dispuesta a aceptar.

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