Trump reabre la disputa por Groenlandia y la OTAN refuerza su apuesta antidrones
Imagen: El País
Donald Trump reactivó su vieja ambición sobre Groenlandia al afirmar que la isla debería quedar bajo control de Estados Unidos y no de Dinamarca, en plena cumbre de la OTAN en Ankara. Al mismo tiempo, la alianza anunció una inversión de 40.000 millones de dólares en material antidrones para los próximos cinco años.
Donald Trump volvió a poner a Groenlandia en el centro del tablero geopolítico al insistir en que la isla debería quedar bajo control de Estados Unidos y no de Dinamarca, un mensaje que cayó como una provocación en plena cumbre de la OTAN en Ankara. La declaración no solo reaviva una aspiración que ya había generado fricciones durante su primera presidencia, sino que también introduce ruido en un momento en que los aliados buscan proyectar cohesión frente a amenazas más urgentes: la guerra en Ucrania, la presión militar de Rusia y la aceleración del rearmamento global.
El episodio coincidió con el anuncio del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, de que los países aliados destinarán 40.000 millones de dólares a la compra de material antidrones durante los próximos cinco años, una señal clara de hacia dónde se mueve la agenda militar de la alianza. La inversión apunta a reforzar capacidades de detección, neutralización y defensa frente a aeronaves no tripuladas, que se han convertido en una pieza central de los conflictos modernos, desde el frente ucraniano hasta la protección de infraestructuras críticas en Europa. En paralelo, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, remarcó que los socios europeos esperan un mensaje inequívoco de continuidad y respaldo por parte de la OTAN, una manera diplomática de decir que, más allá de las tensiones políticas, el continente necesita certezas estratégicas.
La insistencia de Trump sobre Groenlandia no es un exabrupto aislado. La isla ártica tiene un valor militar y geopolítico enorme por su ubicación, sus rutas marítimas emergentes y sus recursos naturales, cada vez más codiciados a medida que el deshielo abre nuevas posibilidades en el Ártico. Para Dinamarca, y para la propia arquitectura de la OTAN, cuestionar su soberanía toca una fibra sensible: la de la integridad territorial de un aliado en una organización que se presenta precisamente como garante de fronteras y defensa mutua. En términos políticos, el mensaje también deja ver el tipo de relación que Trump podría intentar imponer si vuelve a gobernar: una visión transaccional de las alianzas, más cercana a la presión que al consenso. Para los europeos, eso supone una alerta adicional en un momento en que ya temen que Washington reduzca su compromiso o convierta la seguridad común en moneda de cambio.
Mientras la OTAN intenta vender unidad y capacidad de respuesta, la escena de Ankara deja una contradicción de fondo: la alianza habla de defensa colectiva, pero sigue expuesta a los impulsos de su principal potencia. La inversión antidrones busca preparar a Europa para la guerra del presente; la obsesión de Trump con Groenlandia recuerda que la política también puede desordenar, en cuestión de segundos, los consensos que sostienen esa defensa.




