Korchnói, Stein y Kaspárov: la derrota que el ajedrez se negó a olvidar

Imagen: El País
Una partida olvidada entre Viktor Korchnói y Lajos Stein volvió a la luz gracias a la petición del propio perdedor y al interés de Garry Kaspárov. El rescate muestra cómo el ajedrez también se escribe con memoria, orgullo y revisión histórica.
Hay derrotas que, lejos de quedar enterradas, terminan convertidas en patrimonio del ajedrez. Eso ocurrió con la partida entre Viktor Korchnói y Lajos Stein, una combinación que el propio Stein quiso preservar para la historia y que Garry Kaspárov terminó incorporando a su monumental obra Mis geniales predecesores. El dato, aparentemente menor, dice mucho sobre la cultura del ajedrez de élite: aquí una derrota no solo se analiza, también se reivindica, se conserva y se vuelve material de estudio para generaciones posteriores.
Según explicó El País en su pieza sobre la partida, fue el propio Stein, derrotado en aquel duelo, quien pidió a Kaspárov que no dejara esa lucha fuera de su repertorio histórico. La anécdota es reveladora porque rompe con la idea clásica de que solo las victorias merecen permanecer. En ajedrez, una partida perdida puede ser tan valiosa como una ganada si contiene una idea brillante, una maniobra instructiva o una lección estratégica que resiste el paso del tiempo. Y si quien la sufrió decide rescatarla, el gesto adquiere una dimensión casi literaria: el rival vencido se convierte en guardián de su propia memoria.
El interés de Kaspárov por recopilar estas piezas en Mis geniales predecesores no fue un ejercicio de nostalgia, sino una forma de construir una historia del ajedrez a partir de sus mejores cerebros y sus momentos más elocuentes. En ese mapa, Korchnói ocupa un lugar central: fue un competidor feroz, de personalidad indomable, y un jugador cuya fuerza no se mide solo por los resultados, sino por la intensidad con la que discutió cada posición. Que una de sus partidas aparezca rescatada del olvido confirma algo esencial: el ajedrez no es únicamente una lista de campeones, sino una conversación continua entre generaciones, donde incluso una derrota puede enseñar más que un triunfo rutinario.
Lo importante de esta historia va más allá de una anécdota bibliográfica. En un tiempo en que todo parece consumirse rápido y olvidarse aún más rápido, el ajedrez conserva una virtud escasa: la capacidad de revisar su pasado con cuidado, de volver sobre partidas antiguas y hallar en ellas valor contemporáneo. Para lectores y aficionados, eso significa que cada juego puede ser una pequeña cápsula de pensamiento, una escena donde se decide algo más que un punto en el marcador. A veces, como en este caso, la verdadera victoria consiste en no dejar que una buena partida desaparezca.


