Repuntan los ataques en la Panamericana y vuelve la presión por militarizar la ruta entre Valle y Cauca
Imagen: El Tiempo (Colombia)
La ola de ataques contra dirigentes políticos reactivó el pedido de militarizar la vía Panamericana y los corredores entre Valle y Cauca. En solo un mes hubo un intento de secuestro y disparos contra dos senadores, el alcalde de Buenos Aires y escoltas de un exsenador.
La presión para militarizar la vía Panamericana y otros corredores entre Valle y Cauca volvió a dispararse después de una seguidilla de ataques que dejó en evidencia lo frágil que sigue siendo la seguridad en esa franja del suroccidente. Según informó El Tiempo (Colombia), en apenas un mes se registraron un intento de secuestro y disparos contra dos senadores, además de agresiones contra el alcalde de Buenos Aires y los escoltas de un exsenador, una combinación de hechos que encendió de nuevo las alarmas sobre el control territorial de las rutas más sensibles de la región.
El problema no es solo que los ataques hayan ocurrido, sino que golpean a figuras públicas que se mueven por una zona donde la presencia del Estado suele ser intermitente y la movilidad depende, cada vez más, de protocolos de seguridad improvisados. La vía Panamericana, que conecta a Cali con el sur del país y funciona como arteria comercial, política y social entre Valle y Cauca, se ha convertido en un escenario de riesgo para autoridades, transportadores y comunidades. Cuando un corredor estratégico empieza a ser noticia por emboscadas, disparos o intentos de retención, lo que se rompe no es únicamente la tranquilidad de unos funcionarios: también se deteriora la confianza de toda una población que vive, trabaja y transita por esa carretera.
La petición de militarización reaparece porque el Estado lleva años intentando contener en la región una disputa más amplia entre estructuras armadas ilegales, economías ilícitas y control de pasos obligados. En corredores como este confluyen intereses de narcotráfico, extorsión, movilidad de hombres armados y presión sobre autoridades locales, lo que convierte cualquier desplazamiento en una operación de alto riesgo. Por eso el debate no debería quedarse en la respuesta inmediata de enviar más tropas o instalar más retenes, sino en si esas medidas alcanzan para recuperar soberanía territorial en un territorio donde la violencia se adapta rápido y donde la gente termina pagando el precio más alto: vivir con miedo, encarecer sus desplazamientos y ver cómo se normaliza que una carretera clave del país funcione bajo amenaza.
Lo ocurrido en menos de treinta días es una señal de que la situación en Valle y Cauca no está contenida y que la región sigue expuesta a una escalada que puede afectar tanto la actividad política como la economía cotidiana. Si la Panamericana se convierte en un símbolo de vulnerabilidad, el impacto se sentirá en los viajeros, en los campesinos que sacan sus productos, en los comerciantes que dependen de esa ruta y en los mandatarios locales que hoy se mueven con la sensación de que el riesgo ya no está solo en los municipios apartados, sino en las carreteras que conectan al país con el suroccidente.



